CONFINAMIENTO: LOS CUATRO CUARTETOS DE T. S. ELIOT (I)

 

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          Son casi las dos de la madrugada cuando cada día me pongo a escribir estas líneas. Con el confinamiento, se pierden sin remedio tanto el espacio de soledad como los imprescindibles momentos de sosiego que necesita todo escritor, y hay que procurárselos aunque sea a horas inviables como estas.

          Hay un repunte del invierno en esta segunda semana de mayo, y cuando me siento a dar clase después de comer, las sobremesas transcurren en el filo incierto del gris y el azul oscuro, acentuándose por momentos, y alternativamente, uno, otro. El viento arrastra del pelo al cielo copioso de la tarde, con su trama tupida y áspera de fardo pesado. Mientras doy las clases por videoconferencia, la sobremesa pestañea constantemente en la habitación, y entre los claroscuros escucho a ratos ráfagas de lluvia que tan pronto surgen del silencio como enseguida vuelven a hundirse en él. En los descansos distingo por la ventana entreabierta el bulto azul de la tarde ya avanzada: hay fuera golondrinas y vencejos instantáneos, así como bandadas de otros pájaros germinando repentinamente en el aire y que, al ponerse de perfil, parecen desaparecer de nuevo entre los pliegues tenues del viento.

          Durante las peores semanas de este periodo tan insólito de nuestra vida, en esos días insulares y angustiosos, rodeados de noticias de muertos y desastres futuros que nos aguardan, opto por buscar algún placer intenso que pueda mitigar un poco ese desasosiego. Necesito la relectura de alguno de mis libros predilectos, y me decanto por el que es probablemente mi poema favorito, los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot. De madrugada ya, solo, bajo la lámpara del salón, en la calma más rotunda aún de estas circunstancias, libre de motos estrepitosas y coches de música lunática, releo una vez más unos versos que por momentos, sin darme cuenta, no puedo evitar cantar en voz baja. Me siento, es cierto, ajeno a todo su impulso y hasta intención religiosos, pero no a su música, ni a su lenguaje, descarnado y exuberante a la vez, ni a sus reflexiones sobre la poesía, el arte, la madurez o, especialmente, sobre la naturaleza del tiempo.

 

“Hay fuera golondrinas y vencejos instantáneos, así como bandadas de otros pájaros germinando repentinamente en el aire y que, al ponerse de perfil, parecen desaparecer de nuevo entre los pliegues tenues del viento”.

         

          Pero pronto me resulta imposible conformarme con este único ratito de la obra, y por las mañanas, mientras faeno en la cocina, escucho el Cuarteto de cuerda nº 15 de Beethoven –en el que leo se inspiró Eliot para la compleja arquitectura de su poema-, o al gran Alec Guinness recitar los Cuatro cuartetos en internet: su declamación es perfecta y a veces parece que estoy escuchando al entrañable George Smiley, el espía de John Le Carré al que interpretó en dos series de televisión. Poco a poco voy dándome cuenta de que estoy empezando a obsesionarme: abandono las demás lecturas empezadas y vuelvo a releer otros poemas sueltos de Eliot, La tierra baldía y algún breve estudio sobre los Cuartetos que encuentro en internet; hasta pido a una librería una recopilación de sus ensayos críticos. Además, retomo la famosa biografía del poeta estadounidense que escribió la estupenda crítica literaria Lyndall Gordon (T.S. Eliot. An imperfect life), quien no solo desentraña con nitidez y acierto la compleja y a veces muy oscura obra del autor, sino que demuestra un pulso narrativo portentoso y una profunda penetración tanto en la personalidad del propio poeta como en la de varios de los personajes que se cruzaron en la vida de este. No cabe duda de que el encierro favorece la compulsión; sin embargo, y por mala prensa que tengan las obsesiones, estoy convencido de que a veces son el único camino hasta ciertas metas largas y difíciles: pienso, por ejemplo, en la escritura de una novela. De forma que hago mía la pregunta de Eliot al comienzo del poema, cuando se enfrenta a esa especie de alucinación en los jardines de Burnt Norton: “Shall we follow”? (“¿La seguimos?”). ¿Seguimos la obsesión? Adelante.

 

“Y así fue cómo del descarte de una obra teatral surgió su obra mayor, y de los días más sombríos de la humanidad, acabaron izándose algunos de los versos más luminosos de la literatura universal”.

       

       Hay en la remota génesis de los Cuatro cuartetos, como en tantas otras obras maestras de la literatura y del arte, un importante componente de azar, accidente o como se quiera llamar a ese acontecimiento impremeditado que la desencadena. En este caso, el primer poema, Burnt Norton, que aún no era el primer cuarteto sino tan solo una composición aislada (se publicó exenta ya en 1936), nace de los versos de un drama del autor descartados por el director escénico. De suerte que este fragmento desechado, gracias a una de esas inciertas intuiciones que un escritor a veces hace prevalecer, incluso en contra de juicios ajenos que respeta, constituyó el célebre comienzo del primer poema, así como la propia base de la concepción global de la obra, que Eliot solo culminaría por fin en 1942, en plena II Guerra Mundial, cuyo eco retumba en tantos momentos del poema. Y así fue cómo del descarte de una obra teatral surgió su obra mayor, y de los días más sombríos de la humanidad, acabaron izándose algunos de los versos más luminosos de la literatura universal.       

          Pero no solo al azar, desde luego, cabe adjudicar el milagro de los Cuatro cuartetos, ni siquiera al hecho de que Eliot, de algún modo, llevara toda su vida preparándose para esta obra, curtido vastamente como estaba a estas alturas como lector y crítico en la lectura y examen minucioso de toda la tradición poética inglesa y europea: necesitó, además, de una descarga emocional de altísimo voltaje, como fue la de pasear por los jardines de una casa de campo en un día de septiembre con la mujer de la que había estado enamorado veinte años antes.

 

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         Aunque Eliot había nacido en Saint Louis (Missouri), su temperamento acabó cuajando en el marco espiritual de Nueva Inglaterra, de donde procedía su familia, epicentro de la moral rigorista y estricta de los legendarios puritanos que fundaron Estados Unidos, y donde además él mismo vivió mientras estudiaba en Harvard (Boston). Precisamente en la universidad conoció a una estudiante, Emily Hale, se enamoró de ella y, quizás un tanto atolondradamente, le pidió matrimonio. Ella, al parecer, no se lo tomó muy en serio, tal vez debido a lo repentino del lance o quizás a la juventud de ambos. Además, Eliot se marchaba en breve al Viejo Continente, en principio solo para un viaje corto en el que profundizaría en la literatura y filosofía europeas. En cualquier caso, su destino, en aquel momento, estaba ya perfectamente sellado: sería profesor de filosofía en Harvard, según los deseos de su familia, y, más tarde o más temprano, a buen seguro acabaría por casarse con aquella mujer de la que se había enamorado. Cuando llegó a Londres, sin embargo, poderosas fuerzas se agitaban para despedazar ese proyecto y empujar su vida en otra dirección completamente distinta: para empezar, conoció a su compatriota Ezra Pound, que distinguió su talento de un simple vistazo y lo convenció de que se quedara en Inglaterra para dedicarse en exclusiva a la literatura y poder cambiar así juntos el rumbo de la poesía moderna. A renglón seguido, y para terminar de ayudar a Eliot a dar el bandazo crucial de su vida, apareció Vivienne Haigh-Wood, mujer culta, ingeniosa, sensual y atrevida, de una vitalidad arrolladora pero poco estable psicológicamente. Comenta Lyndall Gordon que otra persona en su lugar se hubiera tomado esta natural atracción por su contrapunto como una aventura y a continuación hubiera seguido con su vida: pero en Eliot, ya se ha mencionado, habitaba un puritano de estricta observancia, de modo que decidió “hacer las cosas bien”, es decir, casarse con ella a pesar de no estar enamorado. El matrimonio resultó un desastre personal y afectivamente; pública y literariamente, en cambio, todo aquel dolor y sufrimiento fue el germen de su otra obra maestra, La tierra baldía. Vivienne le sería infiel enseguida con uno de los mejores amigos de Eliot, Bertrand Russell, y él, por su parte, muy pronto vislumbró el horror que le aguardaba al tratar de vivir con alguien a quien no amaba. Los problemas de salud de Vivienne, además, eran constantes, y su estabilidad mental muy precaria (acabaría ingresada en un sanatorio hasta su muerte), a lo que se añadían los apuros económicos de la pareja, todo lo cual terminó minando al propio poeta, también víctima de un colapso nervioso.

 

“Eliot comienza entonces a buscar un modo de escapar de aquel laberinto oscuro y viscoso. Un proyecto de nueva vida se fue forjando secreta y morosamente en su mente, aunque con significativos indicios externos para quien supiera descifrarlos: en 1927 se convirtió a la iglesia anglicana y se nacionalizó británico. Eran síntomas inequívocos de alguien que buscaba una nueva identidad, que pretendía transformarse, de alguna manera, en una nueva persona”.

         

          Eliot comienza entonces a buscar un modo de escapar de aquel laberinto oscuro y viscoso. Un proyecto de nueva vida se fue forjando secreta y morosamente en su mente, aunque con significativos indicios externos para quien supiera descifrarlos: en 1927 se convirtió a la iglesia anglicana y se nacionalizó británico. Eran síntomas inequívocos de alguien que buscaba una nueva identidad, que pretendía transformarse, de alguna manera, en una nueva persona. Por entonces, asimismo, una mañana soleada de mayo recibió una carta que agitaría más aún las aguas: era de nuevo Emily Hale, desde el pasado. Aprovechando las estancias de Vivienne en hospitales y sanatorios, Eliot comenzó a distanciarse de su esposa. Se marchó a impartir una serie de conferencias a Estados Unidos, y en el mismo momento en que vio alejarse Londres desde el buque que lo llevaba de vuelta a su país natal, supo que no volvería con Vivienne. En Estados Unidos lo esperaba no solo una incipiente pero ya notable fama, sino también, en el andén de una de las muchas estaciones en que tuvo que bajarse para ser aclamado, Emily Hale. No pudo haber un verdadero reencuentro enseguida, pues había que dejarse llevar entre el tumulto que acosaba al ya eminente hombre de letras y someterse a un torbellino incesante de agasajos, comidas, sesiones fotográficas, cenas, lecturas, veladas, recitales, conferencias, autógrafos, etc. Durante semanas no pudieron apenas cruzar una palabra en privado, hasta que una noche un amigo los subió en su coche, los condujo hasta una playa solitaria y los dejó allí solos…

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      Y cualquiera de los momentos de aquellos intensos días hubiera podido ser el decisivo para desencadenar la escritura de los Cuatro cuartetos, tal vez esos segundos finales en que el tren se acercaba al andén, mientras él la buscaba ansioso por la ventanilla entre la multitud, tratando de intuir cómo habría cambiado tras tantos años, de presagiar sus posibles arrugas, su nuevo peinado y quizás hasta un aumento severo de peso, o bien el instante en que la localizó al fin y, sin embargo, en su ofuscación, tuvo la impresión inequívoca de que no había pasado ni un solo día desde la última vez que la había visto, o incluso las horas en la playa ya nocturna, donde los veo ahora sentados sobre la arena, recatados y dichosos, cercanos pero sin rozarse, cada uno con sus piernas flexionadas y los brazos cruzados sobre las rodillas, mirando hacia el amanecer y repitiendo el ritual de todos los amantes que, en la vida o en las novelas, fueron separados por alguna malévola vicisitud y después, abrazados, susurrantes, tuvieron que darse noticia de todo cuanto les había sucedido en ese no tiempo, o hasta quizás el preciso momento en que empezaban a hablarse al fin sin testigos molestos, con un tono entre exaltado y confidencial, un alborozo comedido que debía elevarse sobre el rumor de las olas cercanas, o bien, en definitiva, cualquier otro instante o fragmento de aquel tiempo casi irreal que queda ahora en el ángulo muerto de mi imaginación. Sin embargo, ninguno de ellos provocó en Eliot aquella especie de brote emocional que sufriría en las rosaledas de Burnt Norton. Por alguna razón, los Cuatro cuartetos aún no estaban listos para tomar forma: habría que esperar dos años más aún…

          (No tanto, ni mucho menos, tendrá que esperar el que quiera conocer el momento con más detalle, del que informaré en breve por aquí, pues no quiero cansar más hoy al lector con esta ya larga entrada).

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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