DESIGUALDAD: CAPITAL E IDEOLOGÍA, DE THOMAS PIKETTY

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          Del mismo modo que nos enfrascamos en maratones de series televisivas, yo también he corrido en febrero mi pequeña maratón del economista francés Thomas Piketty, y he leído seguidos El capital en el siglo XXI y Capital e ideología. Son en total unas 2000 páginas de historia y economía, atracón semejante a las cinco temporadas de mi admirada The wire. Pido, por tanto, un poco de paciencia al lector por la extensión de la entrada, inevitable para intentar dar una rápida visión de ambos libros.

          Lo primero que admira uno de este autor es su ánimo, optimismo y minuciosidad infatigables. Se trata de un polemista con planteamientos, desde luego, muy radicales, pero presentados con educada mesura. Piketty matiza una y otra vez sus opiniones (repite a menudo: “entiéndaseme bien”), examina argumentos a favor y en contra, huye de todo dogmatismo asfixiante, jamás propone una solución cerrada o inamovible y, en todo caso, tan solo pretende suscitar el debate. Aunque es presentado por sus detractores más toscos como un comunista (comunista o Venezuela son las dos palabras más a mano para arrojar hoy a todo el que cuestione mínimamente cualquier tipo de injusticia social), ya en las primeras páginas de El capital del siglo XXI el francés abjura de todo respeto, apego, afinidad, admiración, nostalgia o tentación de restablecer cualquier fórmula política relacionada con el comunismo del siglo XX. Por el contrario, sus propuestas se enraízan siempre en el marco de la más escrupulosa democracia y de la deliberación colectiva.

          De hecho, la pretensión de Piketty es doble: por una parte, aspira a cambiar el rumbo de los intereses y preocupaciones de la economía como ciencia, obcecada en el estudio del crecimiento, piedra filosofal del neoliberalismo para conjurar cualquier problema: las desigualdades irán desapareciendo al ritmo sanador del aumento de la riqueza, se nos ha dicho una y otra vez con todas las metáforas populares que nos sabemos ya de memoria: si crece la tarta se podrá repartir más y mejor, si se echa champán en la copa de arriba termina goteando a las de abajo… Si algo debiera haber quedado claro tras la crisis de 2008, sin embargo, es que las cosas no han ocurrido así. Urge, por tanto, reorientar el objeto de estudio de los economistas: el verdadero problema que estos deben resolver, les indica el francés, no es otro que la desigualdad.

 

“En Estados Unidos el 10% más rico de la población posee casi el 75% de la propiedad privada, en tanto que el 1% más rico goza de casi el 40%”.

         

          Pero no es solo en los especialistas en quienes Piketty quiere influir, sino que su deseo, mucho más amplio, es el de suscitar un verdadero debate público que implique a la ciudadanía, algo manifiesto en el inequívoco y encomiable afán pedagógico de sus escritos. El capital en el siglo XXI, sin ir más lejos, es un libro de economía que se entiende, al que cualquier lector sin formación en la materia puede acceder: un par de fórmulas le bastan al francés para mostrarnos con nitidez el curso de la desigualdad a lo largo de los últimos trescientos años. Y no supone, desde luego, este anhelo por hacerse entender ningún menoscabo al rigor y alcance del libro. De hecho, se trata de una minuciosa lección de anatomía de la desigualdad, mucho más refinada e ilustrativa que el conocido índice Gini, y en la que Piketty toma siempre como referencia el percentil y el decil superiores de la población, el 1% y el 10%, respectivamente, de los que poseen (patrimonio) o ganan (renta) más, mostrando así cómo esta pequeña proporción de personas controla una cantidad desorbitada de los recursos totales. Baste un par de datos, de entre la apabullante catarata aportada en ambos libros, para apreciar lo iluminador de este método: en Estados Unidos el 10% más rico de la población posee casi el 75% de la propiedad privada, en tanto que el 1% más rico goza de casi el 40%.

 

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          Capital e ideología, por su parte, tiene mucho menos de económico que de social e histórico. Se trata de un tour de force admirable por su ambición, de una especie de historia universal desde el punto de vista de la evolución de la estructura social. En total se catalogan tres estadios diferentes, y en todos ellos, advierte sagazmente Piketty, se empleó gran celo en justificar la desigualdad entre sus miembros que tal orden social comportaba. En primer lugar, el autor menciona la sociedad ternaria o trifuncional, que abarcaría más o menos hasta la Revolución francesa, y caracterizada, como es sabido, por estar dividida en tres estamentos con funciones diferentes: el de los que guerrean, el de los que rezan y ganan el cielo para los demás y el de los que trabajan para dar de comer a los otros dos estamentos. Con la toma de la Bastilla comienza la sociedad propietarista, que se extiende hasta la II Guerra Mundial, y su rasgo más singular lo constituyó el asentamiento definitivo del derecho a la propiedad: Piketty desmitifica, al menos en lo que toca al asunto central del libro, la trascendencia de la Revolución francesa, pues esta no solo no se propuso alcanzar una verdadera igualdad, sino que, de hecho, sentó las bases para alcanzar, durante la llamada Belle Epoque (1880-1914), las mayores cotas de desequilibrio patrimonial medidas hasta ahora. Finalmente, con la derrota del Eje en 1945, comienza a instaurarse un nuevo modelo social, el llamado socialdemócrata, llegado de la mano del consenso para una fiscalidad progresiva y muy elevada. El balance de los años que van desde 1945 a 1980 resulta para Piketty inequívoco: se trata del periodo de la historia en el que las desigualdades alcanzaron su punto más bajo a la vez que se lograba el mayor crecimiento económico.

 

Comunista o Venezuela son las dos palabras más a mano para arrojar hoy a todo el que cuestione mínimamente cualquier tipo de injusticia social”

         

          El resto ya es conocido: todo comenzó a cambiar con la llegada de la llamada revolución conservadora de Thatcher y Reagan en los ochenta (por cierto, que no he encontrado explicación verosímil de la gran crisis de 2008 que no se remonte a la desregulación fatal que estos dos siniestros personajes comenzaron a impulsar en sus respectivos mandatos). Pero Piketty no se lleva a engaño y admite que el modelo socialdemócrata adolecía desde el comienzo de una seria limitación, ya advertida por Hanna Arendt en su momento: su incapacidad para superar el marco del Estado nación (¿cómo no acordarse aquí, por cierto, de la democracia de la Grecia clásica y su imposibilidad de trascender el nivel de la polis, de la ciudad estado?). Y es que todas las herramientas y políticas, diseñadas para actuar a nivel nacional, comienzan a resultar ineficaces con el paulatino debilitamiento de las fronteras.

          La cuestión es que en el núcleo de esta involución desigualitaria Piketty sitúa la renuncia a una fiscalidad razonable y justa, es decir, a una que grave más a los que más tienen. Y, como se ha reconocido ya, no solo cabe culpar a la citada revolución neoliberal, con su asfixiante preponderancia ideológica, sino que la propia dinámica de la globalización, al no haber sido acompañada de una gobernanza y políticas mundiales, ha lanzado a los estados (incluso, por ejemplo, dentro de la propia Unión Europea; es más, en el interior de los propios países: obsérvese el caso de la comunidad de Madrid) al dumping impositivo, es decir, a una carrera por proponer los impuestos más bajos para atraer inversiones. Las consecuencias de permitir que paguen menos los que más tienen y, con ello, de renunciar a una imprescindible redistribución, no pueden resultar más inquietantes: por una parte, el crecimiento exponencial de las desigualdades, pero, sobre todo, la desafección a la democracia misma, evidente en el auge de lo que Piketty llama el social-nativismo: el nacionalismo excluyente y xenófobo, el Vox de cada país. Como advertía estos días Joaquín Estefanía, este desencanto empieza a desembocar en “una concepción instrumental —no finalista— de la democracia: apoyaré la democracia mientras resuelva mis problemas; si no, me es indiferente”.

 

“Las consecuencias de permitir que paguen menos los que más tienen y, con ello, de renunciar a una imprescindible redistribución, no pueden resultar más inquietantes: por una parte, el crecimiento exponencial de las desigualdades, pero, sobre todo, la desafección a la democracia misma”

         

          Dicho todo esto, pocas dudas pueden caber de la plena adscripción de las ideas y planteamientos de Piketty a la izquierda, y no precisamente a la más moderada. Lo subrayo porque el autor dedica un apartado al caso del independentismo catalán, y lo hace poniendo de relieve su egoísmo y falta de solidaridad. Y todo ello sin ser un franquista irredento… Después de establecer que España puede presumir de ser uno de los estados más descentralizados del mundo –incluso llega a sugerir que ha ido demasiado lejos con el impuesto de la renta, pues ceder parte a las comunidades supone alentar la competición fiscal también dentro del país- denuncia que el independentismo solo pretendería que Cataluña se constituyese en un nuevo paraíso fiscal (nada de la pequeña Suecia de su propaganda, más bien la pequeña Suiza). Lean, pues, bien a Piketty, no los independistas, a los que su dogmatismo cerril nada puede hacer abrir los ojos, sino tantos izquierdistas radicales españoles, algo desnortados, que aplauden esta nueva revuelta de los privilegiados, y sepan que el independentismo catalán, como demuestra Piketty con datos, es apoyado masivamente por las clases más pudientes y tituladas.

          Pero, claro está, todo lo expuesto aquí no puede dar más que una somerísima idea de la totalidad de asuntos y cuestiones abordadas en estos dos soberbios libros, y en ningún caso puede sustituir a su lectura. Todo aquel interesado en la desigualdad o, más ampliamente, atribulado por la incertidumbre de las transformaciones del mundo actual, debería acercarse a sus páginas, donde, por otra parte, jamás encontrará ni un resignado tono apocalíptico ni el menor soplo de desaliento; muy al contrario, vibra en cada palabra una determinación apasionada y contagiosa por querer cambiar las cosas. No hay nada escrito de antemano –repite una y otra vez Piketty-, nada es inevitable, todo puede cambiarse, no hay fuerzas ciegas e ineluctables, todo fue así pero bien pudo ser de otra manera, del mismo que todo lo que es ahora podrá ser mañana diferente: el estudio de la historia lo demuestra.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

2 comentarios en “DESIGUALDAD: CAPITAL E IDEOLOGÍA, DE THOMAS PIKETTY

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