MONÓTONO NOVIEMBRE

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          Un susurro, luego una especie de aleteo entre las ramas, como de pájaro nervioso, un roce parecido al de dos cartones, ya el pequeño chasquido, casi imperceptible, y, ahora sí, el descenso, solemne, ostensible, lento: así gotean, una tras otra, las hojas de las moreras del parque donde estoy sentado leyendo y con el oído atento: porque no basta con contemplarlo, al otoño hay que escucharlo también. De vez en cuando, por supuesto, levanto la vista para disfrutar del espectáculo de estas semanas de noviembre en que nos rodea un delirio de herrumbre, un frenesí dorado de ramas que se vierten sobre el silencio mullido de la sobremesa. Es el colapso callado de la naturaleza, su muerte majestuosa: el apogeo del otoño.

          Como el martes entro a trabajar a las cuatro y media y no puedo disfrutar la tarde, a media mañana, hacia las doce, dejo de escribir y me marcho al parque a leer junto al otoño, a presenciarlo. Como ya dije por aquí, a menudo siente uno el remordimiento de perderse las tardes, de encerrarse en el trabajo a malbaratarlas, sabedor de que cuando salga ya será de noche, y especialmente cuando tienen la suavidad y quietud de esta: se me antojan monedas que se me van cayendo de un bolsillo roto. El Parque Europa tiene este mes un fulgor que en los días nublados, por contraste con el gris, se convierte en un resplandor de feria, en el de una de esas descomunales naves espaciales de las películas de ciencia ficción. Por eso me marcho al parque a atiborrarme de luz, a llenarme los ojos de colores, a embadurnarme del oro que va tomando el final de la mañana, ya casi tarde. Sentado allí puedo seguir el bello deterioro de las hojas de un castaño de indias, cómo van siendo cercadas asfixiantemente por el óxido y una muerte amarilla despinta día a día su haz verde, rodeándolas por los bordes hasta estrangularlas como una marea fatal. Veo también una hilera de plátanos que van contrayendo día a día el ámbar letal, y en el suelo se forman bellos collages accidentales que se desbaratan a cada minuto. En los días de lluvia el otoño se agiliza: toda la ruina que, postiza ya, anidaba en las ramas se acaba desmoronando de golpe, y las hojas mojadas y machacadas por el paso de las ruedas de los coches se tatúan en la carretera.

 

“Es el colapso callado de la naturaleza, su muerte majestuosa: el apogeo del otoño”

         

          Los miércoles, sin embargo, empiezo a las seis y media, y, desde el cambio de hora –que no es sino un toque de queda de la luz-, nos movemos en días tan angostos que a las seis comienza ya a retoñar la noche por el este. Lo bueno es que mientras voy al trabajo puedo atender con toda deliberación al atardecer. A estas horas el día se desploma sordamente, se va precipitando con lentitud en la hondonada fresca de la noche. La tarde se retira y deja un horizonte de nubes arenosas y pulidas, extensas como playas en las que acaba de bajar la marea, encendidas y fulgurantes, además, por ese sol ya crepuscular: hay nubes de azafrán como untadas en el firmamento, brotes amarillos y derrapes carmesíes sobre un cielo azur de heráldica. Mientras me acerco, la ciudad es una masa gris y amoratada en la que van surgiendo ya luces minúsculas que titilan con la brisa y la lejanía. Al detenerme en la isleta donde debo girar para entrar al pueblo, frente al horizonte, el espectáculo de la tarde resulta arrebatador.

 

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          En ese tiempo subjetivo, personal, que todos llevamos dentro, hecho de aquello que pauta nuestra vida cotidiana, trabajo, periodos propios de vacaciones, estaciones predilectas del año, nuestro cumpleaños y el de los seres queridos, fechas clave de nuestras aficiones, viajes…, las primeras semanas de curso me son ágiles y pasan volando con el reinicio, los nuevos alumnos, todo el trabajo que hay que hacer otra vez, y, además, en seguida llega el puente del Pilar y, a continuación, el de los Santos. Sin embargo, entre el puente de noviembre y el de la Constitución se extiende para mí un valle inabarcable, extenso y quebrado, de largas y premiosas y monótonas semanas iguales. El tiempo sufre un trombo. Se detiene. Los días se arrastran, encallan, se me empecinan. Noviembre es para mí la poza honda y lenta del río del año, donde se remansan las semanas y se forman pronunciados meandros de días, donde se acumula el limo y sedimentos de meses más escarpados y torrenciales. Y no me queda otra para recorrer estas semanas de impás que echar mando del desaliento obstinado de las antiguas distancias propio de aquellos viajeros antiguos, jinetes o a pie, que estaban inexorablemente condenados a vislumbrar su destino –un pueblo en alto, un castillo…- mucho antes, días incluso, de alcanzarlo: así contemplo yo ahora el puente de diciembre. Tras este, sin embargo, de nuevo se volverá a acelerar todo con la inevitable urgencia de los exámenes finales, las últimas tareas y las clases de repaso, las sesiones de evaluación, el presentimiento de las vacaciones, el barullo aritmético de las notas y el apremio y los nervios de todo el que quiere salvar los muebles en el último minuto.

          Noviembre tiene tez de miel y textura sepia de pasado. Aunque así lo quiere la tradición, y al menos en los días soleados, no encuentro esa melancolía que tanto se achaca al otoño, sino más bien serenidad, quietud, una tibieza dulce que me estimula y predispone perentoriamente a escribir. Y como ya me ocurría en la primavera, con este tiempo tan templado y benévolo siento la necesidad de salir a la calle, de vivir exhaustivamente y piel con piel cada momento de la estación. Por eso me llevo conmigo al parque no solo el libro, sino también un lápiz y un folio doblado por la mitad, me siento en un banco y, agitando la tarde, van cayendo palabras sobre el papel, a ratos con la furia con que hace saltar las aceitunas la vara diestra del jornalero, a veces con la misma lentitud de la caída de las hojas de los árboles que me rodean: también yo he de recoger mi cosecha en esta época.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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