GEOPOLÍTICA DE LA PRIMAVERA

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          Como el rostro de un cadáver al que se le devolviera la vida, el mundo recobra de nuevo el color. Desde hace ya bastantes semanas, la ventana del dormitorio se vuelve incandescente desde muy temprano, enmarcando el dique insuficiente de la persiana. Se levanta uno con la mañana fulgurante, la casa abrumadoramente iluminada y una algarabía desconsiderada de golondrinas en el patio, en cuyas paredes restalla ya el sol con rabia: por mucho que se madrugue en esta época, se encuentra siempre la mañana ya madura, el día le ha tomado la delantera y ya no es posible alcanzarlo en toda la jornada. Además, la primavera atosiga cada minuto con estímulos que fatigan y sobrecargan la percepción. Se dislocan los sentidos. Hay un agotamiento de notar, oler, de oír y mirar: de sentir. Antojadiza y atolondrada, es la adolescencia del año, y acomete cada día con una vehemencia que uno ya no está seguro de poder asumir. La primavera nos está mirando ahora fijamente con sus ojos verdes. ¿Quién puede ya sostener su mirada?

          Por la tarde, en el instituto, me dirijo a las aulas entre raudales de luz que se desbordan por los amplios ventanales, y las clases que antes daba completamente de noche transcurren ahora entre una claridad sobrada de media tarde. Es, desde luego, el tiempo del afuera, de pasear, mirar y apreciar. Los fines de semana, como aquellos viajeros de la antigüedad que venían cargados de novedades desde exóticas lejanías, voy a la vía verde en busca yo también de últimas noticias. Los dos posibles sentidos de la ruta -hacia Lucena o hacia Doña Mencía- me hacen pensar en los caminos de Guermantes y Swann de En busca del tiempo perdido. Y es que resulta que tenía un Parque Natural a doscientos metros de mi casa y me he pasado años sin hacerle el menor caso. Ahora, sin embargo, he descubierto aquí otra fuente de observación y aprendizaje, pero, sobre todo, de puro regocijo. Para empezar, la nomenclatura popular ya es en sí una delicia –lagrimita de la virgen, nevadilla, vara de pastor, cabello de venus…-, y al placer venial de ir poco a poco identificando y reconociendo, se añade asimismo el empeño de aprender a nombrar: y es que la exactitud no es pedantería en el escritor, sino, antes que nada, su más estricta obligación, un deseo de provocar en el lector el calambre de la evocación, de suscitar la realidad en el papel, y ya si se quiere, y en una esfera superior, un afán por la verdad. Porque esa suele ser muy a menudo la evolución natural del que escribe, ir privilegiando con los años la observación sobre la invención, lo que implica necesariamente acercarse al mundo, celebrarlo en su centro mismo, en lugar de urdirlo a solas en un cuarto solitario.

 

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      Mientras camino noto un aire ya denso de insectos que centellean momentáneamente, tropiezan en mi cara, zumban y susurran. El sendero, que va cediendo terreno cada año, se ha ido angostando aún más sensiblemente en los últimos meses con la crecida de las riberas verdes que lo flanquean. Enseguida me adentro en la intrincada y apasionante geopolítica del lugar. La primavera, efectivamente, parece una trepidante sucesión de imperios, de abdicaciones, de auges y caídas, de reinados sucintos pero espléndidos. También hay reparticiones diplomáticas de zonas de influencia, donde se mezclan con tolerancia, por ejemplo, macizos de zapatitos de la reina y lechetrezna –que me empapa los dedos con su savia blanca y láctea cuando cojo unos tallos para ponerlos en un jarrón de agua junto a mi escritorio-; o pactos estables como el que observo en una península de amapolas rodeada por todas partes de jaramagos excepto por una especie de corredor que les da salida hasta un riachuelo. Se trata de mapas inestables y tornadizos que cambian semana a semana, con fronteras siempre permeables, sobre los que, a lo largo de la primavera, se van sucediendo las floraciones al modo de esos grandes pueblos que fueron desplazados por la llegada de otros más pujantes. Los lirios, en efecto, gobiernan indiscutidos en el amplio periodo que comienza en diciembre y enero, pero en febrero y, sobre todo en marzo, con los albores de la primavera, este plácido statu quo comienza a desestabilizarse con el ascenso del gamón, la caléndula, el jaguarzo, la aulaga..., no digamos ya en abril, cuando asoman por fin las grandes potencias imperialistas, las margaritas, la avena, las espigas o el expansionismo agresivo de la viborera. De la pata de burro, que irrumpió este año copiosamente en los días centrales de marzo, no queda rastro una semana después, habiendo dejado tras de sí un esplendor tan efímero y enigmático como el de los tartesos. A la discreta pervinca, que parece al margen de toda disputa territorial, se le ha concedido un modesto ducado tras un tramo de la valla de madera del camino, junto a un algarrobo. Ahora, sin embargo, las lluvias de abril, como uno de esos incidentes diplomáticos que desatan crisis inesperadas, recomponen una vez más las relaciones internacionales y, a la vez que hacen su aparición potencias emergentes como la lengua de perro o las chupamieles, es el carraspique el que más partido ha sabido sacar de esta agua ya casi inesperada, apareciendo con abundancia en manchas blanquísimas semejantes a esos escuetos neveros que perduran en las sierras altas hasta bien entrado el verano.

 

          “La exactitud no es pedantería en el escritor, sino, antes que nada, su más estricta obligación, un deseo de provocar en el lector el calambre de la evocación, de suscitar la realidad en el papel, y ya si se quiere, y en una esfera superior, un afán por la verdad”.

         

          Con el tiempo he comenzado a conocer palmo a palmo algunos tramos del camino: así, cuando me acerco al viaducto sobre el que paso todos los días en coche para ir al trabajo, ya sé de antemano que el túnel se halla escoltado a su entrada por herbazales de ajoblanco, y que al salir se penetra en una acusada umbría con las márgenes del sendero llenas de agua estancada y atestada de juncos y enmarañadas zarzas, de romero y madreselvas, de higueras frondosas, un tramo agudamente oloroso, narcótico, tan intenso que al atravesarlo uno se siente trastornado y casi mareado, al igual que si me taparan la cara con uno de esos pañuelos empapados en cloroformo de las películas. Es la cruda fertilidad que emana la tierra.

          Observar la naturaleza, en definitiva, no deja de ser una manera de hurgar en las entrañas del tiempo, de advertir sus mecanismos, sus fallecimientos y resurrecciones, su ensimismada palpitación cíclica. Y lo compruebo de primera mano, una vez más, mientras regresamos del paseo, envueltos en un silencio casi absoluto y con el sol a punto de ocultarse en el horizonte. En esos instantes me doy cuenta con toda claridad de que ese crepúsculo sobre los olivares es tan viejo como el tiempo: ¿cuántas veces habrá caído así el sol sobre las hileras inmutables de olivos? De repente ya no es una tarde de abril de 2019: es siempre.

 

Jesús Manuel Arroyo Tomé

 

 

2 comentarios en “GEOPOLÍTICA DE LA PRIMAVERA

  1. Precioso, Jesús. Hay perlas como el privilegio con los años de la observación sobre la invención o los dos caminos proustianos, ante los que me quito el cráneo. Además, por supuesto, de la idea de la geopolítica aplicada a la primavera. Dan ganas de irse a la Vía Verde. Felicidades.

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    • Muchas gracias, Juanfer.
      Entiendo entonces que a ti también te pasa: prestar más atención al mundo en lugar de inventarlo.
      Ya sabes que Proust está siempre ahí (como Valle-Inclán).
      Y lo mejor de la vía verde es que es algo sano y gratis.
      Un abrazo.

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