ESPÍAS ENTRE LA LLUVIA: REGRESO A LE CARRÉ

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-John Le Carré, El legado de los espías. Traducción de Claudia Conde. Planeta. 2018. 368 páginas.

-John Le Carré, Volar en círculos. Booket. Traducción de Claudia Conde. 2018. 464 páginas.

-John Le Carré, Tinker, tailor, soldier, spy, The honourable schoolboy, Smiley`s people. Peearage books. 1990. 781 páginas.

 

          Torrencial, lenta, en granizos, silenciosa, sesgada por el viento o rectilínea, con grandes trazos o desmigajándose a medida que cae, la lluvia no deja de estar presente en todo el día: se da uno la vuelta en la cama de madrugada y entre sueños la oye caer fuera con violencia; estoy viendo la tele y de repente aprieta a llover y se superpone al volumen de la película o bien su rumor me hace creer que me he dejado algo hirviendo en la cocina; roza restregándose retozona en la ventana o por momentos parece que ha escampado pero sin que deje de oírse el continuo regurgitar de los canalones, que expectoran sin calma ni descanso. Estas semanas grises de intensas lluvias van a ser el túnel final del invierno por el que saldremos luminosamente a la primavera. Durante una pequeña tregua del sábado pasado por la mañana me arriesgo a dar con Adriana un corto paseo por la vía verde, receloso y armado de paraguas: el campo insulso de enero y febrero, dotado del único aliciente de las explosiones níveas o rosáceas de los almendros, comienza a ganar interés con los primeros indicios de la primavera. En un vistazo rápido, veo que ya aparecen lirios, los populosos jaramagos, malvas, botones de oro… El miércoles por la mañana hay otro armisticio, y tras dejar a Adriana en el colegio, de camino a casa paso de nuevo fugazmente por la vía verde para una breve inspección: en cuatro días de agua el campo parece haber avanzado cuatro semanas, de manera que empieza ahora ya a puntearse copiosamente con todo tipo de flores incipientes que van asomando.

          Con el final de febrero se cierra la parte del año que a tantos nos resulta más farragosa. Fastidiado por la vuelta al trabajo y por el largo tramo que hay por delante hasta la primavera, uno de los últimos días de las vacaciones de navidad, sin embargo, leo una noticia que me hace dar un respingo de sorpresa y felicidad: John Le Carré vuelve a escribir en su nueva novela, El legado de los espías, sobre uno de mis personajes literarios más queridos, George Smiley. De modo que pido la novela por internet y, sin pretenderlo, el mismo 9 de enero, día en que sale a la venta en España, llega a mi casa a las 10 de la mañana: por supuesto, me pongo a leerla de inmediato. La acción se sitúa más o menos en nuestros días y el personaje principal y narrador es Peter Guillam, el discípulo favorito de Smiley. Lo cierto, no obstante, es que, aunque leo la novela con voracidad, me siento un poco defraudado, en parte debido a mis desorbitadas expectativas, pero también porque Smiley no es el protagonista, tan solo tiene un pequeño aunque brillante y emotivo cameo. Entonces necesito más Le Carré y leo sus memorias, Volando en círculos, de las que se desprende la imagen de un hombre íntegro y comprometido con la denuncia infatigable de las grandes injusticias de nuestra época en el mundo entero, y al que hay que reconocer y alabar su arrojo al tratar de no repetirse una y otra vez escapando de un mundo literario –el de la Guerra Fría- que ya no daba más de sí para él. Pero tampoco ahora quedo completamente satisfecho, de modo que acaricio entonces la idea de volver a las novelas del autor que más me gustaron en su día, las tres que forman la llamada Trilogía de Karla o La búsqueda de Karla. Solo queda un problema, y es que, con tantos de esos libros calificados de imprescindibles siempre pendientes por leer, suelo ser bastante reticente a la relectura. En esta ocasión, en cambio, encuentro la coartada perfecta para burlar a mi conciencia: voy a leerlos en su original inglés, ya que la primera vez lo hice en traducciones.

 

“La esposa de Smiley, Ann, siempre de fondo en la historia, brumosa, eternamente infiel, bella, distinguida, emparentada con la alta nobleza, y sin embargo siempre desdichada, buscando en cada infidelidad algo que la rehúye”.

         

          Lo primero que vuelvo a comprobar es, efectivamente, que Le Carré nunca fue un espía al que le dio por escribir, sino eso que suele llamarse un escritor nato o de raza que accidental y pasajeramente hubo de verse mezclado en tareas de espionaje. Su talento narrativo y dominio del oficio son indudables, y en esta lectura puedo dedicarme a admirar toda la brillantez de sus virtudes técnicas porque la historia ya me la conozco bastante bien: además de haber leído la trilogía, como he dicho, habré visto 3 o 4 veces completas las dos series que se hicieron en los años 80 sobre la primera y la tercera novelas, con Alec Guinnes como Smiley y rodeado de un elenco de actores perfectos con una dicción que recuerda melancólicamente a tiempos que se fueron para siempre. En estos primeros compases de la lectura me estoy fijando particularmente en los diálogos y en los personajes (por cierto, pido indulgencia para mis desmañadas traducciones que siguen). Con la destreza de los grandes, Le Carré no necesita más de una frase para dar a luz súbitamente a un personaje memorable: Control, el antiguo jefe del servicio, que vive sus últimos días enfermo y encerrado en su despacho tratando de dar caza a un doble agente infiltrado en lo más alto del Circus (así llaman al servicio secreto), se define a sí mismo como “demasiado vanidoso para ser halagado, demasiado viejo para ser ambicioso y feo como un cangrejo”, y cuando un amigo le dice a Smiley que corre el rumor de que Control no ha muerto sino que ha sido visto en Sudáfrica, Smiley replica: “Control odiaba Sudáfrica. Odiaba todo lugar excepto Surrey, el Circus y el Estadio de cricket de St John’s Wood”. Del pomposo Percy Allelline, nuevo jefe del servicio después de la muerte de Control, se advierte que “tuvo dos esposas, y las dos fueron alcohólicas, lo cual quiere decir algo”, o que “sería capaz de vender a su madre por un título de caballero, y al propio servicio secreto por un escaño en la cámara de los lores”. De Lacon, el alto funcionario por excelencia, fáctico y expeditivo, enlace con el ministro y encargado siempre de satisfacer a este y minimizar los escándalos políticos a cualquier precio, el narrador comenta: “Con números, con hechos de todo tipo, Lacon nunca titubeaba. Constituían el oro con el que trabajaba, extraído del terreno gris de la burocracia”.

 

“La realidad, efectivamente, terminó obedeciendo a Le Carré”

         

          Le Carré sabe asimismo dosificar con sabiduría la información para esbozar personajes que quedan sugestivamente envueltos en la penumbra, bien por acumulación de datos que apabullan o se contradicen, bien por falta absoluta de ellos. Así, el sinuoso Bill Haydon, por ejemplo, –trasunto del verdadero espía Kim Philby-, se sustrae con su complejidad a los intentos de Smiley por lograr un retrato nítido de él: Haydon fue pintor aficionado en su juventud, posee gran facilidad para aprender idiomas y su participación en la guerra resultó asombrosa –donde estuvo “ubicuo y encantador”-, hasta el punto de suscitar las comparaciones con Lawrence de Arabia. En cuanto a aspectos más íntimos, sabemos que tuvo relaciones homosexuales en Oxford y que ahora en su vida, además de una aventura esporádica con la mujer del propio Smiley, “hay una Felicity en Washington que quiere tener un hijo, y una Jan en Londres que va a tener uno”, sin que Haydon sepa además si este último es suyo. Ante todo esto, Smiley acaba por rendirse y admite que Haydon se le escapa y queda “fuera de escala”. Justo lo contrario que ocurre con Karla, el enigmático jefe de los servicios secretos rusos, y al que la completa ausencia de datos fiables sobre su persona da lugar, por ejemplo, a una presentación magistral: “Incluso su edad era un misterio. Lo más probable es que Karla no fuera su auténtico nombre. Había décadas enteras de su vida sin explicar, y probablemente nunca lo serían, puesto que las personas con las que trabajó se habían desvanecido o mantenían su boca cerrada”.

          No importa demasiado que me conozca ya la complejísima trama: como en las otras ocasiones en que me he acercado a esta historia, tanto en la novela como en las películas que la contaron, enseguida me obsesiono, dándole vueltas a los pormenores mientras cocino o voy al trabajo, y agarrando perentoriamente el libro en cuanto tengo un minuto libre. Avanzo en el relato y siguen apareciendo personajes notables, como la esposa de Smiley, Ann, siempre de fondo en la historia, brumosa, eternamente infiel, bella, distinguida, emparentada con la alta nobleza, y sin embargo siempre desdichada, buscando en cada infidelidad algo que la rehúye. Incluso personajes absolutamente episódicos quedan caracterizados con un rasgo crucial, como esa especie de conserje del Circus cuyo único tema de conversación es el fin de semana: “Hasta el miércoles o así habla del anterior fin de semana, y a partir de ahí habla del siguiente fin de semana”.

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          Pocas veces puede hablarse con más propiedad de un creador que en este caso, pues Le Carré crea, funda, un mundo entero en estos tres libros -y en otros conectados con estos-, regido y gobernado por sus propias leyes y normas, que funcionan y se aplican con un rigor absoluto. Un mundo el de Le Carré que no es real, por mucho que en ocasiones su exacerbada verosimilitud pueda llevar a creerlo, sino que tiene mucho de invención y de literatura (de la mejor): para empezar, hay una creación puramente lingüística, ya que el autor inventó muchos de los términos que aparecen en el vocabulario del espionaje (el más sonado, al parecer, el de “topo”), y que por lo visto pasaron después a ser usados por los agentes secretos reales del servicio británico: la realidad, efectivamente, terminó obedeciendo a Le Carré.

          Por otra parte, también en pocas ocasiones se ha desmitificado con un ardor más certero un oficio como el de espía, tan glamuroso en novelas y películas anteriores, mostrándose ahora sin tapujos su lado más ingrato y oscuro: al fin y al cabo, el servicio secreto no es más que un lugar de trabajo como otro cualquiera, uno de esos donde siempre triunfa el necio y asciende el mediocre, donde es relegado el capaz y silencioso, donde la mayoría calla y asiente al que manda, donde se rechaza torvamente al lúcido que advierte sobre el desastre y se encumbra al adulador sin escrúpulos.

          Cuando termino de escribir esto faltan pocos minutos para la medianoche del viernes, y entonces surge el dilema: ¿acostarme para reponerme de todo el cansancio de la semana laboral o perder una hora de sueño para volver al mundo de Smiley y el Circus? Sigue lloviendo, y mientras pasa un coche por la calle que arrastra ruidosamente la lluvia con él, me acerco al libro y lo abro como si fuera la puerta a una mansión encantada: “Odio el mundo real, George, -leo a Connie Sachs lamentándose mientras agoniza entre el alcoholismo, la artritis, la demencia y la nostalgia de quien que no ha tenido más vida que su trabajo- me gustan el Circus y todos mis encantadores chicos”. Y entonces sé que ya no puedo escapar.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

7 comentarios en “ESPÍAS ENTRE LA LLUVIA: REGRESO A LE CARRÉ

  1. Deliciosa entrada, Jesús. Confieso que apenas he leído a Le Carré (quizá por intentar entrar a él por la puerta de un libro equivocado), pero también que, después de leerte a ti, me pongo a buscar la trilogía.

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    • Gracias, como siempre, Juanfer.
      La verdad es que la trilogía como tal, que yo sepa, no existe en español, pero recientemente se están reeditando en bolsillo los tres títulos por separado: El topo (así se tradujo el primero, porque el título original hace referencia a una canción infantil inglesa que nada nos dice aquí), El honorable colegial y La gente de Smiley. Si te animas a leerla en inglés, hay un montón de ediciones baratas de segunda mano. También son geniales Llamada para un muerto o, por supuesto, El espía que surgió del frío, o Un espía perfecto, esta última considerada por Philip Roth la mejor novela en inglés posterior a la II Guerra Mundial, y en la que cuenta la relación problemática con su padre, un embaucador y estafador que incluso estuvo en la cárcel.
      Por lo demás, entiendo que te haya echado para atrás alguna novela de él, porque las pocas que he leído que se salen de la órbita de Smiley y el Circus o de las que he mencionado, no me gustaron o no recuerdo nada de ellas, que es casi lo mismo.
      Un abrazo.

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  2. Desde el otro lado del charco, y también con un pie puesto en la primavera (el otro pie en un charco de verdad), me decido a releer “Un traidor entre los nuestros”, que anda solitario por una estantería, tras disfrutar con tu estupendo texto.
    Saludos.

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    • Muchas Gracias, pandillero.

      No sé cómo estará Un traidor entre nosotros porque no la he leído, pero es de esa etapa posterior al mundo del Circus que no me interesa mucho. En sus memorias cuenta que se fue a Moscú a conocer a un mafioso de verdad y pudo entrevistarse con uno en una discoteca durante unos minutos que le concedió el tipo…En fin, si la lees ya me dirás.
      En cualquier caso, yo te aconsejaría El topo o El espía que surgió del frío.

      Saludos desde la vieja Europa.

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  3. Como de costumbre, una bellísima y cuidada entrada que me reafirma en que lo que menos me gusta de este blog es que sus publicaciones sean tan escasas, aunque pensándolo bien, parte de tu encanto (además de su delicada y reflexiva escritura) radica precisamente en lo aleatorio de sus piezas. En tiempos en los que todo tiene que ser inmediato o cierto, se agradece la azarosa incertidumbre de las noticias que provienen de Guadaluz.
    Esperando la siguiente entrega, y como me parece que me has convencido, me refugiaré, entretanto, en las páginas de Le Carré.
    Un abrazo.

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    • Muchas gracias, Javi.
      Ya sabes que la periodicidad del blog la marcan las obligaciones familiares y laborales. Me gustaría escribir más pero no hay tiempo.
      Me gusta saber que he ganado tres lectores más para Le Carré y Smiley.
      Un abrazo.

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