En Septiembre, Berta Isla, de Javier Marías

4.jpg

 

          Septiembre es, desde hace unos años, un mero anexo de agosto. No hay ya fronteras reconocibles entre ambos: el verano se ha ido convirtiendo en una mancha de aceite lábil y voraz que se extiende tórrida, viscosa, invisiblemente, por los días de junio y septiembre (ya veremos octubre), de manera similar a esos imperios que se dilataban con empuje mortífero por los mapas de la Antigüedad. En mi memoria, agosto solía aminorar su furor en sus dos últimas semanas, en buena parte gracias a las tormentas veraniegas -casi desaparecidas con los años o ineficaces-, dejando septiembre ya mucho más amansado y fresco. Cuando yo estudiaba el BUP o la carrera, las clases no empezaban hasta la primera semana de octubre (no había tanta urgencia por deshacerse y colocar a los “niños” como ahora), y septiembre, con su clima más hospitalario, se convertía así en una prórroga dulce del verano, una suerte de tiempo de descuento que se vivía con el apremio de la proximidad del yugo del estudio, perfecto en mi caso para leer y apurar las vacaciones antes de comenzar el nuevo curso. En diferentes septiembres, libre del incordio invisible del calor y con todas las facultades en estado óptimo, recuerdo haber leído algunos de los libros que más honda huella me han dejado: La montaña mágica, En busca del tiempo perdido, el teatro de Shakespeare,…

          De cualquier manera, con calor o sin él, hay que volver igualmente al trabajo (los afortunados que aún tenemos vacaciones) y se hace imprescindible buscar alicientes que ayuden a mitigar un tanto el regreso a la rutina: la nueva temporada de una serie, alguno de esos buenos propósitos que, mortificadoramente, no tardarán en ser abandonados pero que sirven de autoengaño por un tiempo, o, como en este caso, la aparición del nuevo libro de un autor predilecto. Todo ello puede ayudar un poco a solventar las primeras semanas. Pues en los inicios de este mes, con esa urgencia entusiasta de la adolescencia y la juventud, y que ya cada vez va sintiendo uno con menos frecuencia, he leído Berta Isla, la última obra de Javier Marías, uno de mis novelistas más admirados.

          Lo primero que al abordar el libro nota el asiduo de este autor, es que ya desde las primeras páginas está adentrándose de lleno en territorio familiar: personajes de novelas anteriores (el profesor Wheeler, Tupra, ambos de su obra maestra, Tu rostro mañana), la glosa de algún pasaje de Shakespeare, escenas peculiares de Marías, como la de alguien que se asoma a un balcón y es sorprendido desde abajo (en Corazón tan blanco o en el cuento En el viaje de novios, el que se asomaba era confundido con otro),… Aparece, asimismo, un motivo tan propio de nuestro novelista como el del fantasma –pues durante buen parte de la novela el protagonista masculino, Tomás o Tom Nevinson, no es otra cosa que eso. Además, Tom y Berta se conocen en el Instituto Británico de Madrid, donde, curiosamente, ya se situaba la acción del segundo cuento que escribió Javier Marías (La dimisión de Santiesteban, en 1975, cuya trama giraba, por cierto, en torno a un fantasma…), y lugar, por tanto, que cabe incluso relacionar con la propia biografía del autor, nacido en la calle Covarrubias, muy cercana a la de Martínez Campos, sede del mencionado instituto y en el entorno del barrio madrileño de Chamberí, tan presente siempre en su obra.

 

“Entonces el tiempo mismo acapara la narración, el registro escrupuloso de su paso, la meditación sobre su naturaleza en ese estado de espera”

         

          La novela se compone de diez secciones (mejor que capítulos), subdivididas a su vez, mediante separaciones tipográficas nítidas, en lo que podríamos llamar escenas. No obstante, subyacente a esta estructuración externa puede entreverse, sin forzar en exceso las cosas, una disposición tripartita del relato: para empezar, hay claramente una introducción, donde se presenta a los protagonistas, Tom Nevinson y Berta Isla, cómo se conocieron desde pequeños y desde tan pronto se sintieron el uno para el otro y se comprometieron, y cómo, además, él es reclutado por los servicios secretos británicos. Desde la sección tercera hasta la novena encontramos el núcleo de la narración, que no es otro que la crónica del matrimonio de ambos, por fuerza peculiar debido a las actividades de Tom. Un primer tramo de este relato se hace mediante el desplazamiento de la narración desde la tercera a la primera persona de Berta, y después se vuelve a recuperar la tercera para los hechos relacionados con Tom. Finalmente, la sección décima viene a ser una especie de epílogo en el que, de nuevo en primera persona, Berta Isla cierra el libro con algunas especulaciones sobre su futuro.

          El que esto firma se queda, princiapalmente, con es esa franja central del relato en primera persona, la voz de esa mujer que aguarda, auténtico meollo de una novela, como ha manifestado el propio Marías en distintas ocasiones, centrada en la espera de la protagonista ante las ausencias y silencios de Tom. Berta ignora al principio la índole exacta de las actividades de su marido, y soporta con más o menos paciencia las separaciones, cada vez, sin embargo, más prolongadas e inexplicables. Pero entonces sucede algo que forzará a Tom a confesar a su mujer que fue reclutado por el MI6: se trata de un incidente pavoroso con una pareja, un supuesto matrimonio irlandés relacionado con la labor de Tom, y que constituye otra de esas escenas de extrema tensión que Marías alarga de manera inusual, con tanta habilidad de escritor como inquietud para el lector, semejante a la de aquel vigilante del Prado al que se le ocurrió quemar un Rembrandt en Corazón tan blanco, o la ya famosísima de la espada en Tu rostro mañana.

          Sin embargo, la espera de Berta pronto se adentra en una nueva fase, mucho más incierta y dolorosa: un día recibe la visita de un agente de los servicios secretos británicos para comunicarle que Tom ha desaparecido sin dejar rastro, sin que se sepa con certeza si ha muerto, ha tenido que esconderse o ha caído prisionero. Y aquí es donde empieza una situación de un cariz muy distinto, una perplejidad por carecer tanto de una plausible esperanza como de una conclusión firme, en la que no puede saberse ya si se debe continuar esperando o debe empezar a olvidar: no hay una probabilidad aceptable de retorno, es cierto, pero tampoco una muerte cierta a la que hacerse a la idea o que aceptar paulatinamente, con su correspondiente duelo y su plazo más o menos limitado. Entonces el tiempo mismo acapara la narración, el registro escrupuloso de su paso, la meditación sobre su naturaleza en ese estado de espera (de ahí las referencias a Little Gidding, uno de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, y una de las reflexiones más hondas y hermosas sobre el tema): así, mientras Berta, varias veces al día, se asoma al balcón de su piso del centro de Madrid en un gesto que se vuelve maquinal (como las mujeres de los marineros al horizonte para ver venir el barco del esposo), los días, las semanas, los meses y hasta los años, pasan, los hijos van creciendo, la gente mayor va muriéndose a su alrededor, familiares del propio Tom –que podrían haberlo forzado a reaparecer de haber estado oculto-, la Historia misma, indiferente, pasa por su lado en silencio (en este caso, la Guerra de las Malvinas, el terrorismo del IRA,…), mientras ella lucha sin desmayo contra la razón propia, contra la resignación de los demás, que no padecen la ausencia en la misma medida, mientras va envejeciendo, mientras, en la desesperación de la soledad, intenta incluso reincidir en un viejo y fugaz amor de juventud, mientras contempla cómo algunos amantes se suceden vanamente, vienen y se van, se acaban desvaneciendo sin rastro, fútiles, pasajeros[1]: todo ello, mientras sigue esperando.

 

“Y así solemos ponernos falsas metas, horizontes tan probables como luego desmentidos, la semana que viene, el próximo mes, términos cada vez más lejanos, plazos más largos y, al principio de la espera, inconcebibles, para Navidad, ya para la primavera, durante el verano ni pensarlo, ya después, nada más volver de vacaciones…”

         

          Hay una empatía emocionante y tierna con el personaje femenino de Berta, con todos los que esperan, y con las mujeres en especial, pues fue a ellas principalmente a las que a lo largo de la historia tocó aguardar largamente, las mujeres de los soldados, de los marineros,… Pero ya he dicho que, en realidad, somos todos los que hemos esperado (y esperamos, y esperaremos) en nuestras vidas: a conocer los resultados de una prueba médica, a que nos llamen para un empleo tras una entrevista, a que nazca, al fin, nuestro hijo, a que alguna editorial nos comunique si va a publicar el manuscrito que enviamos, a atrevernos a cambiar de trabajo, a recuperarnos de una enfermedad, a que la persona a la que amamos se decida… La espera, ha manifestado el autor en alguna entrevista, incluso la que tiene lugar ya sin esperanza, puede adquirir el rango de una mera liturgia, de un formulismo que ordena y da sentido a nuestra existencia, y a la que nos aferramos por sí misma, exenta, casi olvidados o desentendidos incluso de lo que se estaba esperando. Y así solemos ponernos falsas metas, horizontes tan probables como luego desmentidos, la semana que viene, el próximo mes, términos cada vez más lejanos, plazos más largos y, al principio de la espera, inconcebibles, para Navidad, ya para la primavera, durante el verano ni pensarlo, ya después, nada más volver de vacaciones

               Aunque siempre se ha subrayado que Marías es un autor más inclinado a la reflexión y a las constantes disgresiones que a la pura acción, y este, ciertamente, es un relato en las márgenes del género de espías, sin peripecias ni episodios espectaculares ni los trucos o herramientas habituales del oficio, jamás descuida este escritor los rudimentos básicos de una narración, de modo que la incertidumbre (de ahí la necesidad del punto de vista de Berta) de si Tom Nevinson estará o no vivo, de qué le habrá sucedido, de si volverá algún día, y, en ese caso, de si eso sería deseable o conveniente después de tan larga ausencia, alimenta un suspense que mantendrá al lector expectante ante la resolución del libro: como ya destacó hace tiempo Francisco Rico, las novelas de Javier Marías no se leen (solo) por la inteligencia de sus observaciones sobre la vida o las personas, sino, ante todo, porque uno quiere saber qué va a ocurrir.

          En suma, una novela excelente para esperar la llegada, al fin, del otoño.

 

 

[1] Extraordinaria semblanza de ellos en las pp. 378-9.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

Un comentario en “En Septiembre, Berta Isla, de Javier Marías

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s