Nostalgia de las tardes

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          Solo con el cambio horario, otra vez, se admite a trámite la entrada de la nueva estación. Mientras voy al trabajo el primer día de la hora nueva –como dicen, sobre todo, las personas mayores-, compruebo con desaliento que la tarde ha sufrido un envejecimiento súbito, similar al de una persona allanada por una desgracia inesperada y honda. En un cielo de nubes rollizas, el sol practica pequeñas grietas entre las que gotea una luz lechosa que derrama decrepitud sobre los olivares atravesados por la autovía. A las cinco y media de la tarde ajada, la oscuridad empieza a drenar la luz y el color del paisaje, pero el sol, que ya se hunde tras una colina lejana, queda, por un instante, perfectamente paralelo a unos álamos de hojas ya amarillas, encendiéndolas con una vehemencia rectilínea y fogosa. En los días despejados, en cambio, la pureza del frío restituye la nitidez al paisaje, límpido al fin de las calimas anacrónicas de este otoño, y, con el ocaso, queda un azul vertiginoso en los cielos de la tardes claras, destellos efímeros en las señales de tráfico, en los quitamiedos de la carretera, y un cabrilleo como de mar cuando el viento mece los olivares.

          El otoño, meditativo y austero, lo es más aún en la Subbética, un otoño con pocas concesiones, de colorido parco, pero profundo y adusto. Hay, además, en esta época, algo de tiempo en suspenso, de tiempo lento que llega casi a detenerse por completo.

          Tras 12 años ya trabajando de manera consecutiva en el nocturno, echo de menos las tardes. Añoro su bullicio aliviado de fin de jornada, de terrazas donde en los días buenos aún se conmemora la vida, los placeres más cotidianos y cercanos de la charla y la amistad, o el ámbito más recogido del interior de las cafeterías, desde cuyas ventanas se asiste al ajetreo apurado del final del día. Me acuerdo ahora de las tardes -que a veces se prolongaban temerariamente durante las noches- en la plaza Cruz Herrera de La Línea con los compañeros del instituto, entre burlas por las penalidades que sufríamos en el trabajo, única forma de tolerarlas…

“Pero, por encima de todo, hay una nostalgia de mayor alcance, una añoranza de la dejación de responsabilidades de la adolescencia y la primera juventud, de no tener más preocupaciones que las propias, -especialmente, de estar exento de las laborales y las de los hijos, que tanto se nos agigantan hoy-, de tardes de feliz holganza y vagabundeo. “

         

          Pero echo de menos también tardes más lejanas, especialmente tardes de ciudad, de refugiarse en una buena librería en un día de lluvia, de tomar un café y charlar un rato con algún amigo, de ir al cine o a alguna conferencia o concierto entre semana. Cuando yo estudiaba en la facultad de Córdoba, las mañanas ocupadas de clase dejaban paso a tardes de copisterías y lecturas, de flexos y apuntes subrayados, al recogimiento del estudio, hasta que uno se hartaba y al anochecer buscaba la excusa más inconsistente para salir un rato a la calle, a echar una máquina en los billares más cercanos, a comprar un enchufe, algo de comer, a echar la quiniela, a devolver un libro a la biblioteca o simplemente a pasear por el Ciudad Jardín atareado de mi juventud, con sus calles y comercios siempre bullendo. Otras veces, en cambio, uno ponía la tele y descubría con alborozo algún partido de baloncesto o de fútbol, hallando así el pretexto que tanto buscaba para dejar de estudiar, al menos, hasta la hora de la cena. En este otoño retardado me estoy acordando de las clases de griego que, fuera de su horario habitual, daba por las tardes en mi facultad el magnífico profesor Ángel Urbán, las maratonas, las llamaba con su sorna simpática, sesiones de dos o tres horas que a mí se me pasaban en un suspiro analizando gramática griega, entre aoristos, perfectos y reduplicaciones; como también me acuerdo de un curso breve sobre poesía del Siglo de Oro que dieron al alimón otros dos de mis profesores favoritos de la facultad, Pedro Ruiz y Ángel Estévez: en aquellas charlas vespertinas, de las que uno salía satisfecho a la judería ya nocturna y fría comentando con admiración la excelencia de ambos, se aprendía en una hora más que en todo el curso con el profesor chapucero que ese año te había tocado por la mañana. En fin, ya veis que soy uno de esos tontos que estudiaron en la facultad…

          Pero, por encima de todo, hay una nostalgia de mayor alcance, una añoranza de la dejación de responsabilidades de la adolescencia y la primera juventud, de no tener más preocupaciones que las propias, -especialmente, de estar exento de las laborales y las de los hijos, que tanto se nos agigantan hoy-, de tardes de feliz holganza y vagabundeo. Con la paternidad y el trabajo, apenas queda tiempo para nada entre semana, y con el tiempo la vida acaba cayendo en el pozo de ese ciclo supuestamente virtuoso que tanto admiraba la generación brutalmente disciplinada de nuestros padres, del trabajo a su casa y de su casa al trabajo.

          No cree uno ya, con Sabina, que los mejores besos son los que no has dado, ni en el prestigio indiscutido de lo pasado, la superioridad de lo que no fue, su halo inmaculado y nunca desmentido ni puesto a prueba –infalible, por tanto-, y, desde luego, desconfío de las falsificaciones convincentes de la nostalgia –ya sé que nunca me permití demasiadas de esas tardes de pereza que ahora creo recordar-: pero aun así, por mucho que intuyo su dulzor mentiroso mientras conduzco hacia el trabajo al anochecer, echo de menos las tardes…

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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8 comentarios en “Nostalgia de las tardes

  1. Un recuerdo desde aquí para las tardes otoñales de domingo, que han ganado tanto brillo y sentido con los años y que no provocan ya el desasosiego amargo o vacío de cuando fuimos jóvenes. Por fin entiendo los domingos. Un abrazo agradecido por tus excelentes textos.

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    • Qué suerte tienes, Santi, porque para mí las tardes de domingo tienen la misma tristeza de siempre: supongo que seré un eterno estudiante. La única manera que sé de soportar un domingo por la tarde es pasarla encerrado en casa con un buen libro, una buena película y buena compañía.
      Gracias a ti por leerme. Un abrazo.

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  2. Me sumo al comentario de Juanfer: bellísimo texto. Al leerlo me acuerdo de otra “sabinada”, aquella de que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

    Nostalgia por demasiadas tardes que no fueron tantas, de animados cafés que no tuvieron lugar, de librerías y lluvias que nos pillaron encerrados en un frío y barato piso de estudiantes… Añoramos lo que podríamos haber hecho y que por un equivocado sentimiento de lealtad, responsabilidad, austeridad o vete a saber qué nunc llegamos a hacer… Y Ciudad Jardín sigue siendo tan bulliciosa y viva como para que, de momento, siga queriendo que sea mi hogar.

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    • Sí, supongo que ni una cosa ni la otra: fuimos de los tontos que estudiamos pero alguna tarde de disfrute sí que hubo, tampoco vamos a decir ahora que todo fue estudiar: recuerdo especialmente que los primeros meses, hasta navidad, eran más relajados y podía uno salir y pasear por el bulevar o ir al cine.
      Te envidio por seguir viviendo en Ciudad Jardín, y tengo ya ganas de darme otra vuelta por el barrio. A ver si la damos juntos pronto.
      Gracias, y un abrazo.

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  3. Sr. Arroyo:
    Esas tardes de holgazanería…quién las pillara.
    No sé usted, pero un servidor ya no las disfruta. Si me veo un día cualquiera con un ratito libre me da por sentirme mal , culpable por no hacer nada, y rápidamente me busco un quehacer.
    Yo, por si no lo sabe, también siento esa nostalgia de tardes por la bulliciosa Ciudad Jardín cordobesa y, al igual que usted, sigo sin disfrutar como Dios manda una tarde de domingo…salvo raras excepciones.
    Desde el norte del sur, un saludo y mil gracias por sus textos. Es un placer leerlos.

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    • Sr. Pandillero tatuado y suburbial, ya no me queda tiempo ni para responderle a usted en este blog… Es cierto, el día en que se encuentra uno un par de horas libres, le machaca la conciencia con la sensación de que debería estar echando una mano con algo.
      Dice Muñoz Molina en algún sitio que nunca ha podido entender la razón de por qué jamás en toda su vida ha conseguido ser feliz un domingo por la tarde.
      En cuanto a nuestro tiempos de estudiantes, ¿fueron malos tiempos que ahora recordamos como buenos? ¿Buenos, que ahora nos parecen malos? ¿Cómo saberlo ya?
      Gracias y un abrazo desde un Guadaluz hermosamente otoñal.

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