A VUELTAS CON EL ESTADO DEL BIENESTAR

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  • El estado social: antecedentes, origen, desarrollo y declive, Ignacio Sotelo, Editorial TROTTA,  2010.

          Suele suceder con frecuencia que algunas personas, lugares u oficios acaban por decepcionarnos, quizás porque los juzgamos -más bien prejuzgamos- mal desde el comienzo, o porque en su momento llegamos a ellos con expectativas demasiado altas, tal vez porque soslayamos la cara más inaceptable de aquel trabajo, sitio o novia o amigo -precisamente la que más se fue acentuando con el tiempo-, o quizás porque, sesgados y urgentes, quisimos ver en ellos algo diferente de lo que eran en realidad –vimos lo que necesitábamos en ese momento, y a ello nos agarramos-, o acaso porque hubimos de conformarnos con lo que teníamos más a mano, o tal vez, ya en el caso concreto de las personas, porque ha sido una relación larga y todo el mundo, de manera inevitable, cambia –el otro, pero también nosotros, por supuesto-, de modo que en esas ocasiones la divergencia ha ido emanando morosa e invisiblemente entre los días de nuestra relación, sin que haya habido fingimiento ni falsedad, cálculo o premeditación, por ninguna de las dos partes, tan solo un discurrir bifurcado de las cosas, pero también quizás, por supuesto, porque efectivamente hubo una voluntad de engaño por parte del otro desde el principio y acabó ganándonos por la mano al esconder con gran habilidad sus intenciones. Lo cierto es que con los libros puede ocurrir algo de todo ello, y los hay que nos defraudan, bien al releerlos al cabo de los años o al abrirlos por primera vez con una fascinación tan previa como desatinada, pero también los que acaban por darnos mucho más de lo que esperábamos, que es precisamente lo que me ha ocurrido a mí con el libro de Ignacio Sotelo, El Estado Social: antecedentes, origen, desarrollo y declive: y es que esta obra no solo cumple con la crónica que su título promete, sino que, además, reflexiona perturbadoramente sobre los principales desafíos que afrontan hoy las sociedades occidentales y que constituirán las preocupaciones de las próximas décadas.

          Ya dije por aquí que desde hace tiempo, especialmente desde que soy padre, me he ido interesando cada vez más por el futuro, que no es otra cosa que el lugar en que vivirá mi hija. Por otra parte, sin ser un fanático de Hegel, siempre he pensado que para comprender algo con cierta profundidad hay que conocer su historia, remontarse a sus orígenes, saber cómo, dónde y por qué surgió, por obra de quién, cómo, cuánto ha ido evolucionando y transformándose hasta llegar a lo que es hoy. Las sorpresas que uno se lleva al conocer la historia de algo pueden ser análogas a las que se encuentra al examinar su propio pasado, al darse cuenta de que errores que achacó a otro fueron en realidad propios, o al topar inesperadamente con datos cruciales que uno había echado en olvido: así, por ejemplo, el lector poco avisado se encontrará con la paradoja de que el Estado social fue puesto por primera vez en marcha en la Alemania de Bismarck[1] por los conservadores, precisamente quienes con más furor llevan tratando de desguazarlo desde los años ochenta, y contó en cambio con las reticencias y hasta oposición de sus principales valedores hoy día, los socialdemócratas, que lo consideraban una especie de engañifa para no cambiar a fondo la sociedad.

          Y es que, en opinión del que esto escribe (y esto provocaría la sonrisilla de algún neoliberal que leyera esto, la misma que se esboza cuando un niño pequeño dice que siempre se quedará con sus padres y que nunca los abandonará: bien, me alegra hacer pasar un buen rato a la gente), la historia del Estado del bienestar es la historia de la organización social más perfecta que el ser humano ha sido capaz de crear hasta hoy. Si uno lo piensa detenidamente, que hayamos alcanzado la noble idea de que debemos socorrer a nuestros semejantes en caso de ser abatidos por la enfermedad, en el desvalimiento de su vejez o al caer en el ostracismo viscoso del desempleo, que poco a poco fuéramos creyéndolo posible, luego nuestro deber y finalmente llegáramos a pensar que las cosas no pueden ser de otro modo, nos sitúa de inmediato en uno de los momentos más hermosos de la historia de la humanidad. Pues la crónica de cómo esta admirable aspiración se gestó es la que nos cuenta el profesor Sotelo, y lo hace con una minuciosidad, un rigor y una claridad encomiables.

          Tras una extensa y necesaria introducción sobre del proceso de teorización del Estado moderno como concepto, desde los primeros tanteos de Maquiavelo hasta Marx, pasando por Hobbes, Locke, Rousseau, Kant o Hegel, el libro pasa a abordar ya la historia propiamente dicha del Estado social, crónica que puede resumirse por medio de toda la serie de nombres y etiquetas con que se ha ido aludiendo a la paulatina intervención del Estado en favor de la seguridad e igualdad de sus miembros. Cronológicamente, la primera sería la de Estado de derecho, que nace en Alemania tras la fallida revolución de 1848 con el fin de, ya que no se había podido derrocar al absolutismo, limitar al menos un tanto el poder del rey, quien ya no podrá actuar “más allá del derecho -se suprime el privilegio individualizado- lo que supone ya una primera separación del poder legislativo del ejecutivo mediante un marco jurídico”[2]. El salto cualitativo se da, empero, con el Estado social, que “se inaugura en Alemania a partir de 1881 con el establecimiento sucesivo del seguro de enfermedad, de accidente, de invalidez y de vejez, financiado con cuotas que pagan patrones y obreros. Se crea así un sistema de seguridad social que se financia privadamente, pero que impone y regula el Estado”[3]. Mucho más tarde, tras la I Guerra Mundial, sería de nuevo el país germano, con la República de Weimar, el que intentaría dar un paso adelante con respecto al modelo anterior: no lo consiguió esta vez, sin embargo –el nuevo régimen fue fulminado por la inflación, la crisis del 29 y la barbarie nazi-, de modo que la construcción del Estado del bienestar como tal corresponderá a los británicos, que ahora añaden nuevas y más universales prestaciones al viejo Estado social, entre ellas la del seguro de desempleo. Por fin el Estado socialdemócrata se corresponde, fundamentalmente, con el modelo sueco, que aporta también una novedad muy significativa: fue diseñado no solo para integrar a la clase obrera en el capitalismo, sino también con el objetivo de erradicar gradualmente la desigualdad social y llegar al socialismo en democracia.

“Si uno lo piensa detenidamente, que hayamos alcanzado la noble idea de que debemos socorrer a nuestros semejantes en caso de ser abatidos por la enfermedad, en el desvalimiento de su vejez o al caer en el ostracismo viscoso del desempleo, que poco a poco fuéramos creyéndolo posible, luego nuestro deber y finalmente llegáramos a pensar que las cosas no pueden ser de otro modo, nos sitúa de inmediato en uno de los momentos más hermosos de la historia de la humanidad”.

         

          En el tercer y último tramo del libro, por último, Ignacio Sotelo aborda los desafíos actuales del estado del bienestar y analiza con profusión lo que se suele llamar tendencias, algunas de la cuales comienzan ya a confirmarse (el avance del paro por la alta productividad tecnológica o la proliferación del empleo autónomo: el nuevo héroe del neoliberalismo, el emprendedor, que sustituye al malhadado bróker engominado de los 90). El autor parte del momento en que comienza a entrar en crisis el Estado del bienestar, es decir, a finales de los 70, cuando el pleno empleo se hace imposible y con ello los problemas de su gestión al tener que sostenerse al alto número de parados. Por ello, no hay que ofuscarse ni caer en el cinismo de pensar que el cuestionamiento de la viabilidad del estado del bienestar es puramente ideológico –sin descartar por completo este aspecto-: así, a las más evidentes, nocivas y citadas causas -envejecimiento de la población e imposibilidad de sufragar un alto paro- el propio Sotelo ha añadido en otro sitio cuatro factores adicionales que han desestabilizado el modelo político y social salido de la posguerra: la globalización (pues los movimientos de capital por todo el mundo imposibilitan que el estado pueda controlar la demanda agregada, lo cual da al traste con el modelo keynesiano), el aumento de la productividad debido a las nuevas tecnologías –que cercenan la posibilidad de un empleo para todos-, los salarios altos en Europa y las migraciones masivas.

          Porque pensar que la única amenaza a nuestro bienestar proviene de la derecha neoliberal –tampoco debe descartarse a la ligera, por supuesto, los poderosos intereses en tumbarlo-, resulta, desde luego, muy cómodo, pero, sobre todo, palmariamente falso, pues basta con pasar revista a los recortes que todos los gobiernos socialdemócratas, uno tras otro, han ido y siguen haciendo en cada uno de los países de Europa a lo largo de las últimas décadas. El propio autor es, desde luego, el primero que no esconde la cabeza y arrostra con brío y sin anteojeras ideológicas los desafíos que amenazan su viabilidad. Véase, por ejemplo, el capítulo de las pensiones: a los que ofrecen como única solución la llegada masiva de emigrantes, Sotelo replica que, además del desafío cultural que ello supone –téngase en cuenta lo que está viviendo Francia, sin ir más lejos-, integrar a los emigrantes y reagrupar a sus familias también cuesta dinero, amén de que no debe perderse de vista tampoco que los partidarios más fervorosos de traer emigrantes no han sido sino los empresarios, que gozarían así de una gran cantidad de mano de obra barata que, de rebote, abarataría también la local. Y lo ejemplifica con el caso significativo de los turcos en Alemania.

          El caso es, sin embargo, a pesar de todas las amenazas, de todas las fuerzas que lo han ido corroyendo con los años, de que algunos de sus mecanismos se hallan ya defectuosos y hasta anquilosados, de que se atrofian o se han manipulado torticeramente algunos de sus resortes –piénsese, aquí en Andalucía, en el uso del subsidio de desempleo-, y a pesar de la munición ideológica que se ha disparado con saña contra él, el futuro del estado del bienestar, en opinión del profesor Sotelo, podría estar más o menos asegurado mientras se cumpla una condición muy sencilla: que la gente quiera mantenerlo. Mientras los políticos necesiten pasar por el engorro de las urnas y sea impopular recortar o privatizar la sanidad o la educación, todo seguirá más o menos igual. Ahora bien, en el momento en que bajemos los brazos y nos encojamos de hombros musitando “¿qué se le va a hacer? Si es que no queda más remedio…”, o bien empecemos considerar vagos a todos los parados, o nos parezca caro mantener la sanidad y superfluas las becas para que pueda estudiar todo el que quiera (y valga), entonces sí, entonces el estado de bienestar tendrá sus días contados.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

[1] Gerhard A. Ritter, en otro libro fundamental para entender la génesis del Estado del bienestar, (El estado social, su origen y desarrollo en una comparación internacional, Ministerio de trabajo y seguridad social, 1991, p. 86) explica así el origen conservador de estas medidas: “Bismarck vio, realmente la política de seguros sociales como un instrumento para debilitar a la socialdemocracia y a los sindicatos socialistas y para ganarse a los obreros para el Estado monárquico, instrumento que venía a completar su legislación contra los socialistas”.

[2] Ignacio Sotelo, El Estado Social: antecedentes, origen, desarrollo y declive, pág. 115.

[3] Ibídem, 197.

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2 comentarios en “A VUELTAS CON EL ESTADO DEL BIENESTAR

  1. Magnífico artículo, Jesús.

    Si, como es habitual, la lectura de lo que escribes por estos lares es placentera por tu escritura precisa, pulida y certera (¡qué trabajo tiene eso!), en esta ocasión, además, el tema está singularmente bien escogido y didácticamente bien explicado. Sin embargo, lo que más me ha gustado en esta ocasión ha sido que tu texto deja entrever una actitud (muy tuya) de huir de las urgencias del cortoplacismo y de la acrítica asimilación de eslóganes en favor o en contra de cualquier cuestión.

    La reinvidicación del análisis (histórico) de las instituciones es, sin duda, una de las posturas más subversivas y necesarias hoy día, donde todo parece haber nacido antes de ayer para fallecer mañana. Frente al salir huyendo hacia adelante ante la primera de cambio, hacer algo tan elemental (en principio) como detenerse a reflexionar (con todo lo que conlleva: lectura, visión crítica, análisis, estudio…) y actuar metódicamente…

    “Bueno, dijo el marino, todo se arreglará. Procedamos con método. Estamos fatigados, tenemos frío y hambre. Por consiguiente, hay que buscar abrigo, fuego y alimento”. (PENCROFF, “La isla misteriosa”. J. Verne).

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    • Antes de nada, muchas gracias por los elogios, Javi.
      Es curioso que menciones eso del cortoplacismo, porque también en el libro se da de pasada una explicación a esa actitud de nuestros políticos: dejando aparte el afán obvio de ganar las próximas elecciones para seguir o acceder al poder, Sotelo dice que hoy más que nunca, debido a la globalización, la coyuntura económica es tan determinante que hace que el poder gobernar bien o mal sea poco más que puro azar: nada se puede hacer en medio de una recesión mundial, difícilmente se puede estropear un crecimiento unánime de los demás países. Se depende casi completamente del momento del ciclo en que te toque gobernar, en parte también porque el estado ya no tiene resortes ni herramientas contracíclicos. Por lo tanto, ¿para qué hacer planes, para qué esforzarse en logros duraderos si el próximo ciclón económico se lo cargará todo, o bien la próxima bonanza reflotará lo que esté hundido por mera inercia? Y creo que eso lo estamos viendo en los últimos años de manera clara (salta a la vista, por ejemplo, con el caso del petróleo barato), incluso en el momento actual de nuestra política, donde el gobierno apenas puede ejercer y sin embargo las cosas siguen su curso.
      Por otra parte, tienes toda la razón con esa certera expresión de que hacer historia de las instituciones es subversión. Ahora que estamos retrocediendo de manera rauda e inaudita en derechos sociales y laborales, es cierto que es imprescindible mirar atrás: antes de desmantelar nada, debemos recordar o saber cómo y por qué lo hicimos así.
      Saludos desde Guadaluz.

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