VIRGINIA WOOLF EN MAYO

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-Virginia Woolf,  Diario íntimo I (1915-1923), II (1924-1931) y III (1932-1941). Traducción de Justo Navarro (volumen I) y Laura Freixas (volúmenes II y III). Editorial Grijalbo Mondadori.

-Virginia Woolf, Diario de una escritora. Traducción de Andrés Bosch. Editorial Lumen.

 

          Amarillo, rojo, verde claro, morado, verde oscuro, rosa, azul, rojo, amarillo, amarillo, verde, verde, verde… Conducir en esta primavera feraz se vuelve un ejercicio peligroso por la atención que exige el delirio de colores de los campos desatados: hay taludes completamente violetas, gayombas que explotan con su amarillo deslumbrante entre las adelfas rosadas y blancas de la mediana de la autovía, higueras de un verde tan exuberante que negrean suavemente cuando quedan en sombra, o cunetas y rotondas frondosas como selvas, atestadas de corregüelas y bocas de dragón y malvas y jaramagos y centauras y hasta cardos torvos que invaden la vía y se meten por la ventanilla si te acercas demasiado. En cuanto han sido removidas las dos semanas casi invernales y algo anacrónicas de la franja central del mes, la segunda quincena de mayo queda expedita y el mes propende ya irreversiblemente a verano. Riman ahora las tardes con tantas y tantas de otros mayos anteriores, como si los días equivocaran a veces el camino y horadasen una y otra vez el tiempo para volver a aparecer por instantes ya transitados. Con la última semana de mayo retorna el presagio del final de curso, que es un hecho en 2º de bachillerato, y cuando hoy acabo de corregir los últimos exámenes de estos alumnos, aún me quedan quince minutos hasta la siguiente clase: vuelvo entonces a los Diarios de Virginia Woolf.

          No deja de ser curioso que haya rodeado a esta autora cierta fama de frivolidad, de haber llevado una vida entregada al bullicio social de las fiestas y saraos de Bloomsbury, y tengo la impresión de que no siempre se ha hecho hincapié suficiente en su tenacidad en el oficio. Por supuesto, se ha reconocido su maestría (¿cómo no hacerlo?), pero más bien en la línea de esa genialidad que no es más que una condición cómodamente heredada e inalienable, algo dado por supuesto y con lo que nada hay que hacer ya para mantener o mejorar. Por películas como Amadeus, de Milos Forman, ya sabíamos que si uno nace genial, no solo podrá exigir el derecho a que se le perdone todo sino que además no necesitará esforzarse lo más mínimo para escupir una obra maestra tras otra. Leyendo los Diarios de Virginia Woolf, desde luego, esta imagen del genio automático y hasta involuntario se hace añicos.

          De hecho, la propia autora se muestra consciente del peligro que puede acechar a alguien demasiado talentoso que no se compromete honestamente con su arte, distinguiendo entre “el don, cuando es simple don, don sin aplicación; y el don, cuando es serio, don que se ejerce”. V. Woolf, desde luego, encaja por completo en el segundo de los tipos que ella misma establece, pues su actividad creadora no cesaba un instante en todo el largo día: “Mientras camino, hilo frases; mientras estoy sentada, urdo escenas”. Además, esa abundosa vida social que tantas veces se le ha querido afear no constituía, en muchas ocasiones, sino un inacabable campo de observación literaria, de contemplación concienzuda de la vida, pues era bastante frecuente que lo primero que hiciera tras regresar de alguno de aquellos encuentros sociales fuese irse al Diario a tomar notas y apuntes de todo ello, apilando así un material vivaz y sinuoso que, corriendo el tiempo, habría de devenir criaturas y lances de su ficción: “Tengo la impresión de que este libro o cuaderno en el que ahora estoy escribiendo me sirve para hacer prácticas de literatura; sí, hago escalas; y ensayo ciertos efectos”. No había momento alguno de reposo en los periodos intensos de creación (¿y cuáles no lo eran?): “Vivo totalmente en el libro, y solo salgo a la superficie de una forma un tanto oscura, y a menudo no sé qué decir cuando paseamos por la plaza, lo cual me consta es malo. Aunque quizá sea un buen síntoma, en cuanto hacer referencia al libro”, hasta el punto de que incluso las vacaciones en otros países no llegaban a ser más que largos remordimientos por hacer dejación imperdonable de su deber. Y por esto mismo no era infrecuente que tuviera desmayos y dudas –sí, incluso aquellos que albergan las más firmes creencias dudan- y que deseara en algunos momentos y con todas sus fuerzas escapar por completo del yugo de la escritura: “Mejor sería todavía no escribir; pasear por los campos, impulsada por el viento como los cardos, y tan irresponsablemente como ellos. Y hurtarme a este duro nudo en el que mi cerebro ha sido tan prietamente liado; me refiero a Las olas. Esto es lo que siento a las doce y media del martes 7 de julio”.

            Su compromiso con la literatura es de tal magnitud que cuesta encontrar otra figura con un grado semejante de entrega y sufrimiento (ella misma se compara, en este sentido, con Flaubert): desdeñando todo cuanto no fuera seguir fielmente sus convicciones literarias, por ejemplo, reflexionaba así en cierto momento: “En mi fuero interno, no tengo la menor duda de que he descubierto la manera de comenzar a decir algo (a los cuarenta) con mi propia voz; y esto me interesa de tal manera que creo que puedo seguir adelante sin necesidad de elogios”. Tampoco se muestra, asimismo, dispuesta a terminar un libro sin sentirse plenamente satisfecha, y no repara ni cede ante plazos de entrega o eventuales problemas económicos, de modo que en uno de esos momentos, tan asiduos para el escritor, en que la composición de la obra embarranca, proclama: “No hay prisa. Tengo dinero para un año”, dispuesta así a no cejar y a sacrificar hasta su último penique por lograr escribir la novela que se ha propuesto: esa y ninguna otra.

            “Además, esa abundosa vida social que tantas veces se le ha querido afear no constituía, en muchas ocasiones, sino un inacabable campo de observación literaria, de contemplación concienzuda de la vida, pues era bastante frecuente que lo primero que hiciera tras regresar de alguno de aquellos encuentros sociales fuese irse al Diario a tomar notas y apuntes de todo ello, apilando así un material vivaz y sinuoso que, corriendo el tiempo, habría de devenir criaturas y lances de su ficción”

          Sus reflexiones sobre la labor del escritor son tan atinadas y dan fe de una honradez intelectual y profesional tan insobornables que no me resisto a entresacar un pequeño puñado de normas para todo aquel que se acerque por primera vez a esta actividad tan extraña que es la escritura:

  1. “El placer profundo consiste en escribir, y el placer superficial en ser leída”. Esto es lo que debería buscar todo aquel que no quiera llevarse un buen chasco al ponerse a escribir.
  2. No hay bagaje en este oficio: cada vez se empieza de nuevo, apenas cuenta la experiencia: “Y ahora ese libro, Las mariposas nocturnas [título provisional de Las olas, ¡su séptima novela!]. ¿Cómo voy a empezarlo? ¿Y qué será? No siento grandes impulsos: no siento fiebre; solo la gran presión de la dificultad.”
  3. Habrá de lidiar con una inseguridad perenne e inextirpable, y a la que habrá de sobreponerse de continuo: “Nota: desesperación ante lo malo que es el libro; incomprensible cómo puedo haber escrito algo semejante –y con tanta exaltación; esto, ayer; hoy me vuelve a parecer bueno. Nota para advertir a otras Virginias con otros libro de que así va la cosa: arriba abajo, arriba abajo… y, la verdad, Dios la sabe”. O, más sucintamente, confirma: “Escribir es desesperar”.
  4. El escritor debe huir de manierismos forzados (“No sacrifico nada al formalismo. Voy directamente al centro”), y desdeñar la complacencia facilona, tanto la ajena –tratar de gustar a críticos o amigos o autores- como la propia (“En ese libro he aprendido cuán peligrosa es la facilidad. Yo también puedo soplar frases de relumbrón”).
  5. Trabajar, trabajar y trabajar…: “Bueno, ya casi he terminado de copiar la escena del ataque aéreo, y creo que esa la decimotercera vez”.
  6. Pero… ha de ser asimismo consciente de que no todo puede estar bajo su control, y debe estar dispuesto también, por tanto, a confiar en el azar: “¡Cuán extraordinariamente independiente de mi voluntad, pero cuán potente en sí mismo, ha sido Orlando!”
  7. Por supuesto, todo escritor debe aspirar a escribir bien, teniendo en cuenta que esto consiste, sencillamente, en tener “la sensación, por fin, de que puedo expresar en palabras todos mis pensamientos”.

 

          “Un halago solo es el breve y precario periodo de calma que hay entre dos juicios adversos”

         

          Finalmente, bien pudiera caerse en la tentación de pensar que esta implicación obsesiva de V. Woolf en la literatura se debió únicamente a sus problemas de salud mental: otro fetiche, genio y locura. En efecto, la escritura constituyó para ella el remedio más eficaz, casi el único para dominar sus trastornos: “En cuanto no estoy trabajando, o en cuanto veo acercarse el final del trabajo, empieza la nada”, anota dejando claro que escribir era la forma de mantenerlos a raya, al modo de esos círculos mágicos de los cuentos infantiles que se trazan en el suelo y en cuyo interior se está a salvo. Y, sin embargo, errará quien piense que las agonías en torno a su obra son producto exclusivo de la locura. Los diarios de V. Woolf atestiguan como pocos la condición penosa (también feliz) del escritor, sus libros en la frontera de la existencia: sus éxtasis y sus caídas no acusan solo, como pudiera pensarse, los síntomas de la demencia que acabó asesinándola, sino los gajes o exigencias intolerables de un oficio siempre en entredicho, al filo del fracaso, del derrumbe estrepitoso, donde la esquizofrenia es la actitud cotidiana con que se afronta la faena. Retomar cada día con temor (y deleite) la escritura, hacer abstracción del fracaso de hace un minuto, de las palabras que ese día nos rehúyen confiando en que es algo pasajero, releer una frase cursi y preguntarse cómo se pudo escribir eso, o afrontar las torturas sucesivas e infinitas de la relectura para, ya por último, aguardar las reacciones de los lectores fingiendo que no se esperan, con la certeza previa además de que la crítica más insignificante puede aniquilar la confianza volátil que se tuviera antes y que, en cambio, ni el más insigne o cualificado juicio puede aposentarla con cierta permanencia -un halago solo es el breve y precario periodo de calma que hay entre dos juicios adversos-, todo ello, digo, resultará familiar a cualquiera que en alguna ocasión haya empuñado un lápiz o un teclado contra un folio en blanco: al menos a todo aquel escritor que se exija un poco a sí mismo y que no se considere un figurón intocable y por encima de cualquier crítica o incertidumbre.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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7 comentarios en “VIRGINIA WOOLF EN MAYO

  1. Una preciosidad. Muy sensatas las consideraciones sobre el “fetiche” genio y locura. El calor y el final de curso no me dejan pensar una respuesta en condiciones, pero hay ahí interesante, compleja tela que cortar.

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  2. …Lombroso, por ejemplo, que tituló así (Genio y locura) una obra que pretendía ser la confirmación científica del fetiche. Pero un tal Havelock Ellis analizó más de mil personajes de la lista de talentos británicos de todos los tiempos y vio que el porcentaje de anormalidad en este sector de la población es claramente menor que entre el resto de la gente.

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    • Ya sabía yo que en cuanto bajase un poco la temperatura, se levantaría el velo que tapaba tu amplia erudición… Pues, efectivamente, gracias por aportar tú los datos concretos para desmitificar tan largo tópico. No sé qué pensarás, Juanfer, pero para mí que todo esto viene, de nuevo, -¿cómo no?- del Romanticismo: ya sabes, el artista como genio poseído, inspirado, en trance…
      Eso sí, tampoco quisiera dejar con esta entrada la sensación de que cualquiera puede alcanzar la excelencia simplemente con constancia en el trabajo. Solo digo que son muchas las ocasiones en que se pasa por alto –no sé si interesadamente o no- la cantidad de esfuerzo tozudo y aprendizaje que hay tras una obra genial. Entiendo que genialidad es talento extremo + trabajo extremo. No, no todos podemos ser Virginia Woolf.
      Un abrazo, y gracias por participar.

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  3. Vaya, Sr. Arroyo.
    Me hizo comprar “El Jinete Polaco” y ahora iré a por los diarios de V. WOOLF.
    Una suerte poder leerle en este blog.
    Saludos desde la Europa africana.

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