Virginia Woolf en abril

 

 

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-Virginia Woolf,  Diario íntimo I (1915-1923), II (1924-1931) y III (1932-1941). Traducción de Justo Navarro (volumen I) y Laura Freixas (volúmenes II y III). Editorial Grijalbo Mondadori.

-Virginia Woolf, Diario de una escritora. Traducción de Andrés Bosch. Editorial Lumen.

         

 

          Abril tiene una estructura perfectamente fractal: hay semanas de bonanza y otras aún agrias, que se subdividen en días ya cálidos y otros todavía fríos, estos a su vez en jornadas anfibias con mañanas de sol y tardes de lluvia, pero también ellas desglosables con frecuencia en mañanas contradictorias, en largas tardes de alternativas… Las promesas de luz y dicha que tan arteramente ofrece, las desbarata enseguida; promete un éxtasis que en seguida frustra. Muestra el final del invierno, vislumbres remotos del verano, de las vacaciones, pero los hurta al instante siguiente. Con sus cielos siempre congestionados de nubes lentas y montañosas, abril es una copa ambigua donde el agua limpia de primavera se enturbia con las heces del invierno. Para el impaciente, abril es provisional, está de paso, más quizás que cualquier otro mes, constituye un tiempo burocrático que separa del verano y el buen tiempo indiscutido. Abril: un espasmo de golondrinas en el cielo sucio de la tarde, ráfagas súbitas de lluvia, y parpadeos de sol y sombra que bruñen y, sucesivamente, destiñen el paisaje.

          Entre estas violencias calladas de abril he leído con avidez los Diarios de Virginia Woolf. Si cualquier diario admite con comodidad una lectura intermitente, aún más sucede en este caso, gracias a la brevedad de las anotaciones de cada jornada: por ello, mientras se termina de hacer la comida puedo avanzar perfectamente un mes o dos; en tanto Adriana está cenando, consigo enterarme de cómo van las ventas de Las olas; o en el intermedio de un programa o una película busco frenético la opinión de E.M. Forster sobre Al faro. De la lectura se deduce de inmediato que Virginia Woolf tuvo una vida profusamente atareada, solo aliviada por su también activa vida social (en el entorno del famoso Bloomsbury): ese –además de sus remordimientos por no haber tenido hijos- fue el precio que hubo de pagar por la doble dificultad de pretender ser una mujer independiente y vivir de la escritura. El agobio interminable por la administración de la editorial que fundó con su marido Leonard –la Hogarth Press-, una constante preocupación por los ingresos -que solo fue remitiendo con su consagración literaria a lo largo de los años-, o la escritura forzosa de reseñas (quizás esa, sin embargo, fue la única cualidad propia de la que no dudó: su sagacidad para desentrañar cualquier obra literaria) fueron algunos de los peajes laterales que igualmente hubo de afrontar. A ello hay que añadir, por supuesto, su lucha denodada con la locura, así como la inherente inseguridad del escritor, especialmente aguda quizás en ella (como verá el que lea próximamente la continuación de esta entrada). Por eso uno sigue con tanto gozo el curso de 1927, al fin un año plenamente dichoso y plácido donde la vida premia o hace un poco de justicia con una mujer tan valiente, decidida y brillante: la finalización y publicación ese año de la maravillosa Al faro, su éxito rotundo, pero también detalles más pedestres o cotidianos como la adquisición de un automóvil que les permitió a ella y a su marido pasear y conocer mejor Inglaterra. Además, a través de las visitas y conversaciones con sus amigos Tom, Maynard, Bertie, Roger (es decir, T.S. Eliot, John Maynard Keynes, Bertrand Russell y Roger Fry, respectivamente), asistimos de soslayo y cotidianamente al discurrir de la literatura, la cultura y hasta la historia inglesa y europea de la primera mitad del siglo XX, que pasaba por la casa de esta mujer, a veces frívolamente, otras con cierta severidad intelectual, y casi siempre dejando oír el roce de los recelos y suspicacias que brotaba del trato entre gente de tanto talento.

“Y es que en multitud de ocasiones como esta, Virginia Woolf se adentró en la locura, habitó desgarradoramente en ella durante días, semanas y hasta meses, y acabó retornando de ella con la incredulidad del que sale de un sueño demasiado vívido, pero indemne y tenaz, siempre dispuesta a seguir escribiendo, escribiendo, escribiendo…”

       

       Quizás uno de los aspectos más sobrecogedores de la lectura es la hipersensibilidad de la escritora, culpable de que el más nimio accidente se transforme en una tortura sin límites: unas alfombras recién adquiridas por Keynes (y que suscitan tal vez envidia por la prosperidad que el economista iba adquiriendo) o cierta burlas de su excuñado Clive Bell sobre su sombrero, o incluso la muerte que da a uno de los personajes de sus novelas, la perturban hasta lo indecible e incluso la hunden en la desesperación. Y todo ello sin que le falte lucidez para darse cuenta: “¡Cómo sufro, Dios mío! Qué terrorífica capacidad la mía, para sentir intensamente” anota el 25 de mayo 1932.

        Esto debe relacionarse, por supuesto, con los trastornos depresivos y bipolares que la desgarraron durante toda su vida y la lucha titánica que entabló su mente majestuosa con la atroz enfermedad: en su afán por dominar la pelea, trató de establecer una suerte de objetivación de su locura, con la convicción, quizás, de que desentrañando su estructura, podría tratar de prever su llegada y esquivarla o mitigarla un tanto. “Me siento infeliz, infeliz, infeliz. […] Pero ¿por qué me siento así? A ver: observaré cómo se alza la ola.”, se interroga a sí misma en cierta ocasión. “Pero qué familiar me resultaba… caminar rabiosamente, con el corazón atenazado de angustia y tristeza; y el viejo deseo de morir, todo por dos palabras, dichas probablemente sin mala intención”, anota en otra ocasión con el hastío y la impotencia del que reconoce las viejas trampas que le tiende su propia mente pero no es capaz de sortearlas.

         Así, y como el que no quiere olvidarse de llamar a un amigo o de concertar una cita con el especialista, a menudo se deja notas y pistas en su diario para guiarse entre las tinieblas de la locura: “Para mi conocimiento y buen gobierno” –se advierte, no sin ironía-; “Debo fijarme en los síntomas de la enfermedad, a fin de que no me pille desprevenida en la próxima ocasión”; y consigna asimismo con extraña ecuanimidad los primeros zarpazos de un nuevo acceso: “Me sorprendo a mí misma hablando en voz alta mientras camino por el Strand”. En ciertas ocasiones, incluso, registra haberse despeñado ya nuevamente por la enajenación: “Visité otra vez los reinos silenciosos”, escribe, inmutable y lírica. De manera que esta atención obsesiva a los síntomas le permitió en ocasiones pronosticar con éxito la llegada del tan temido mal: “Se está acercando –el horror- físicamente como una oleada de dolor alzándose junto al corazón –lanzándome por los aires”. Y con mayor precisión aún, el 9 de abril de 1936 profetiza: “Ahora llegará la temporada de depresión”, y nada más escribir estas palabras pierde el conocimiento; no resurgirá ya hasta más de dos meses después, el 11 de junio, día en que vuelve al diario para proclamar: “¡Qué divina alegría, la de ser de nuevo dueña de mi mente! […] Creo que puedo… creo que puedo…”. En este sentido, especialmente abominable resultó el citado año de 1936, que pasa ante el lector vertiginosamente, en apenas 17 páginas agujereadas de elipsis que uno intuye silencian largos periodos atroces: “Madrid no ha caído”, anota el 10 de noviembre, queriendo ver tal vez en la Guerra Civil española un trasunto de su propia agonía, de su lucha contra la locura y por terminar Los años.

       Y es que en multitud de ocasiones como esta, Virginia Woolf se adentró en la locura, habitó desgarradoramente en ella durante días, semanas y hasta meses, y acabó retornando de ella con la incredulidad del que sale de un sueño demasiado vívido, pero indemne y tenaz, siempre dispuesta a seguir escribiendo, escribiendo, escribiendo…

       Virginia Woolf en abril, pero también un abril, tumultuoso y perpetuo, en Virginia Woolf.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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7 comentarios en “Virginia Woolf en abril

  1. Realmente gran ensayo sobre una figura tan carismática e imprescindible como Virginia Wolf. Muy bien documentado y con notas interesantes sobre su biografía. Tras leerte dan ganas de tomar un ejemplar de ella o de su vida y comenzar a leer. Muchas gracias. Con tu permiso me voy al comentario de Muñoz Molina que es uno de mis escritores favoritos.

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