Arte y vida, una vez más

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          El cambio de hora es una premisa ineludible de la primavera. Consumado el nuevo horario, las tardes se vuelven extensas como estepas, se le antojan a uno golosamente eternas y atiborradas de posibilidades, y sus tentaciones y poder de perturbación aumentan sin límite. Desde la ventana de mi cuarto de trabajo puedo ver una escueta loma sobre la que pasaban las antiguas vías del tren, ahora reconvertidas en vía verde populosa de paseantes y ciclistas en las tardes de marzo y más tarde estivales, y cuyas charlas y risas, con la brisa, llegan a mí deshilachadas y rumorosas. Vibra y reverbera la luz en el paisaje, atestado de verdes y amarillos que culminan en la tapia blanca de la antigua estación, donde estalla el sol ya algo bravío de estos días: por encima del muro, las ramas finas y aún peladas de los álamos blancos cabecean como estambres entre el viento suave.

          Y en estos momentos la disyuntiva es sencilla y nítida: ¿pasar las próximas horas escribiendo y leyendo el libro que estoy a punto de terminar, o bien salir a pasear para apurar la tarde intensa de abril?

          De una manera cotidiana y elemental me topo con ese dilema tan transitado en la historia de la pintura, la música o la literatura: la oposición vida y arte, la discusión de si se trata de esferas absolutamente incompatibles, de si resulta necesario sacrificar la existencia para alcanzar la destreza suprema y, con ello, la escurridiza obra maestra, de cuál de las dos es la verdadera, la superior, de si se puede vivir y crear a la vez… Cuando uno era más joven admiraba la dramática agonía con que Thomas Mann vivía esta dicotomía: “¡Ay, ojalá por una sola vez, sólo por una noche como aquella pudiera no ser un artista, sino un ser humano! Escapar por una vez de la maldición que dicta inquebrantable que no debes ser, sino contemplar. Que no debes vivir, sino crear. Que no debes amar, sino conocer. […] ¡Por una vez, estar entre vosotros, en vosotros, ser vosotros, los que estáis vivos!”[1]. Para el joven que quería convertirse en escritor, ser un artista resultaba incomparablemente halagador, y dedicar la vida a ello, un privilegio que le hacía a uno creerse investido de una misión providencial en el mundo. Pero, claro, con el tiempo uno iba descubriendo que desgajarse de la realidad para abrazarse al arte puede ser algo no tan loable ni, ciertamente, desinteresado como se ha querido presentar tantas veces: para empezar, servía a muchos de coartada perfecta para desentenderse de toda urgencia de la sociedad, de los que nos rodean, de los amigos y hasta de los hijos (en aras siempre de la Creación): además, el ideal del artista en su proverbial torre de marfil enfrascado en su obra, muy frecuentemente no constituía sino un escudo prestigioso y brillante, una añagaza sutil y refinada para rehuir las incertidumbres y sinsabores del vivir cotidiano: “He sido un cobarde en mi juventud. -admitía con honestidad Flaubert en una carta a George Sand- He tenido miedo de la vida y todo se paga”; “para no vivir, me lanzo al Arte, desesperadamente; -confesaba igualmente en otro lugar que ahora no recuerdo- me embriago con tinta igual que otros con vino”. Ese mismo balance desolador arrojaba en Los embajadores -una de las últimas y más sombrías novelas de Henry James-, la vida del maduro Lambert Strether, un hombre de mediana edad algo pasivo que, tras asumir la misión de intentar rescatar al hijo de su prometida de los encantos de una mujer supuestamente perversa, le hacía al propio joven una confesión en la que no parece aventurado intuir algo del propio autor: “No  olvide  que  es  usted  joven,  benditamente  joven;  regocíjese  de  ello,  por  el  contrario,  y  viva  con  intensidad. Viva al máximo; es un error no hacerlo. No importa tanto lo que se haga en particular  mientras  se  disponga   de  la  propia  vida.  […] Ahora lo veo claro. Apenas he hecho nada y ahora ya soy viejo; demasiado viejo, en cualquier caso, para lo que comprendo. Oh, sí, comprendo por fin; y más de lo que usted creería o pudiera expresar. Es demasiado tarde. […] Haga lo que le plazca mientras no cometa mi equivocación. Pues fue una equivocación. ¡Viva, viva usted!”[2].

          Mucho más templados, desde luego, se muestran la mayoría de los escritores actuales respecto a la cuestión, quizás porque la recompensa que el arte reservaba a los sacerdotes de esta religión en épocas anteriores –la posteridad, ese sucedáneo pedestre de la inmortalidad- carece de credibilidad o sugestión alguna en nuestros días atropellados y olvidadizos: así, Javier Marías ha defendido que no ve “la escritura como algo reñido con la vida, ni como su negación o usurpación o revés, sino como una actividad más de esa vida”[3]. En sentido parecido, Luis Landero, en el magistral primer capítulo de El balcón en invierno, comenzaba a escribir animosamente una nueva novela, pero el desgaste y hastío inevitables por los años en el oficio le hacían dudar y lanzarse a la calle a buscar la vida:  enseguida, sin embargo, regresaba de nuevo a su escritorio, pues su lugar en el mundo estaba, definitivamente, allí, aunque, eso sí, la materia de su nueva novela ya no sería esa gélida invención inicial, sino la vida misma, la suya propia, desde luego, el dolorosísimo recuerdo de la tarde en que, aun sabiendo con certeza que su padre estaba a punto de morir, se marchó del hospital con unos amigos y ya no volvió a verlo vivo.

“Ahora, sin embargo, sigo amando la literatura tanto o más que antes, pero creo haber aprendido a ubicarla con mayor propiedad en el mundo, a concederle unas dimensiones y proporciones mucho más ajustadas y sensatas”.

          Reconozco que, como Flaubert y H. James, yo he tardado en acatar la supremacía de la vida, su mayor nobleza esencial pese a la infinitud de ignominias, iniquidades y abominaciones que esconde: durante demasiado tiempo me complací desatinadamente en orillar la realidad, o en idolatrar a artistas cuya biografía dejaba mucho que desear pero que, sin embargo, habían sido grandes creadores (mantengo mi aprecio a su obra, eso por supuesto, aunque se la haya retirado a sus personas). Ahora, sin embargo, sigo amando la literatura tanto o más que antes, pero creo haber aprendido a ubicarla con mayor propiedad en el mundo, a concederle unas dimensiones y proporciones mucho más ajustadas y sensatas.

          Por todo ello, también yo quiero tantear hoy la difícil casación de vida y arte. Para no abdicar por completo de la tarde suntuosa, acerco la silla a la ventana y abro esta para que el calor aún incipiente y la brisa y los ruidos, la vida plena, puedan interferir fructíferamente en mi escritura. Más tarde, además, iré al parque con la niña y terminaré allí de leer el libro, el primer tomo de los diarios de Virginia Woolf: trato así de soldar, bien que precaria, casi chapuceramente, vida y arte.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

[1] Cito por la traducción de Rosa Sale Rose, “Los hambrientos. Un estudio”, en Thomas Mann, Cuentos completos, Edhasa, p.343.

[2] Cito por la traducción de Antonio-Prometeo Moya: Henry James, Los embajadores, Ed. Montesinos, pp. 158-159.

[3] Así lo afirma en su artículo “Contar el misterio”, recogido en Literatura y fantasma, Debolsillo, p. 111.

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7 comentarios en “Arte y vida, una vez más

  1. Otro bellísimo ejercicio de honestidad (brutal, que diría Andrelo) que tiene la grandeza de saber transitar de lo particular a lo universal. No solo la literatura, también otros artes y oficios (como el mío) han tenido en sus filas a quienes han (hemos) tenido miedo a la vida y sus constantes incertidumbres, buscando refugio en el calor de la lógica de las normas jurídicas.

    Y es que, como djjo el poeta: “cómo explicar que me vuelvo vulgar, al bajarme de cada escenario”.

    Un abrazo.

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  2. En Doktor Faustus, de Thoman Mann también, se dice (cito de memoria): –¿Conoces una pasión mayor que el amor? –Sí, el conocimiento.
    Excelente entrada. Me pregunto si algunos de los creadores de vida deplorable han alcanzado su alto nivel creativo precisamente debido a su utilización de los demás, a la subordinación de los otros a sus intereses artísticos, a su crueldad incluso con los que los rodeaban. Eso plantearía uno de esos dilemas que tanto gustan a los éticos.

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    • Me encantó Doktor Faustus, Juanfer.
      Ese dilema me recuerda a aquella cita de El tercer hombre -la película- (al parecer inventada por el propio Orson Wells) sobre el arte sublime que produjo la Italia cruel y sangrienta de los Borgia, en contraste con lo que había aportado Suiza tras siglos de paz y tranquilidad: el reloj de cuco. La verdad es que ese diálogo me parece hoy de un cinismo tan gracioso como falso (de hecho, parece ser que el reloj de cuco no era aportación suiza). También me ha recordado a la (igualmente al parecer supuesta o exagerada) rivalidad entre Mozart y Salieri: parece que había que ser un imbécil excéntrico para lograr una obra de calidad.
      Y gracias, como siempre.

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      • Muy evocador el texto, y muy interesenta. Yo creo que la vida es parte del arte. Y que el paradigma del escritor en la torre de marfil, que elige al arte frente a la vida, no es un paradigma del pasado, sino solo un tiempo concreto, que ya se fue. En la antigua Islandia los poetas eran guerreros, como lo fue Cervantes. Y en Japón el disfrute de la naturaleza siempre se entendio fuente directa de la inspiración. Pero es verdad que hasta en el XIX, mis gustos se decantan mas hacia un marinero rudo que fue Conrad, que hacia el paradigma del artista que fue Flaubert.

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      • Cierto, querido amigo Cuentista, lo que matizas.
        En los pueblos antiguos, claro, no había una estricta división de tareas, todos eran guerreros, un poco médicos, algo de poetas… El ideal de hombre de armas y letras, tan propio del Renacimiento, también expiró con el desengaño barroco de la decadencia política del imperio, y Góngora, poco más tarde, se propuso en las Soledades superar a la naturaleza (de ahí su recuperación más tarde por las vanguardias del siglo XX). Es en el siglo XIX, efectivamente, cuando el artista se especializa; pero no solo él, claro, sino que es la época en que comienza la división del trabajo con el nacimiento del capitalismo moderno: poco antes los barberos sacaban muelas y hasta hacían sangrías, y ahora comienza la medicina más profesional y científica, aunque ya hubiera médicos en la antigüedad. Es entonces, creo, cuando se empieza a ver incompatibilidad entre ambos mundos. Siempre he sospechado (pero me faltan lecturas al respecto para confirmarlo) que la idea de consagrar la vida al arte tiene que ver con la muerte de dios. El artista halla entonces en el arte un doble consuelo: por una parte, dota de sentido a la existencia terrenal –una vez se ha acabado la meta de ganarse el cielo-; por otra, con la idea de la posteridad, el arte ofrece, como digo en la entrada, un paliativo a la pérdida de la esperanza en la vida eterna. Finalmente, hoy vivimos en una época en que los libros duran en las estanterías apenas unas semanas: ¿quién será entonces tan incauto como para confiar en que será leído dentro de un siglo si dentro de un mes no quedará rastro de su libro en librerías, revistas o periódicos?
        Respecto a Conrad y Flaubert, yo también prefiero la literatura del primero, quizás porque la conozco mejor que la del segundo. De todas formas, no estoy seguro de envidiar la vida de Conrad: al parecer, era una persona de gran sensibilidad que se vio obligado a presenciar en sus viajes –especialmente en su estancia en el Congo- atrocidades no aptas para todos los estómagos y que hicieron profunda mella en su ánimo ya para toda la vida (http://www.jotdown.es/2015/10/el-honor-segun-joseph-conrad/).
        Muchas gracias por participar y aportar tu visión y conocimientos. Saber que alguien lo lee a uno lo anima a seguir trabajando en algo que no da más beneficio que la satisfacción de un lector entusiasta.
        Un saludo.

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