25 años de El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina

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  • EL JINETE POLACO
  • Autor: Antonio Muñoz Molina
  • Nº de páginas: 624
  • Editorial: SEIX BARRAL

 

    

     Se cumplen estos días 25 años de la primera publicación de El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina (también 30 de Beatus ille), y aunque casi nunca tiene uno tiempo de estar al pie de la actualidad ni de leer el último libro de casi nadie (excepto de sus autores predilectos), no me gustaría dejar pasar esta efeméride, tan querida para mí, sin una modesta mención.

     Yo leí El jinete polaco por primera vez en las navidades del año 2000, varios meses después de haber aprobado las oposiciones de enseñanza secundaria, y la certeza en aquellos días de haber errado mi elección profesional se compensó, o más bien se estrelló violentamente, con la confirmación de una vocación tan intensa como jamás había sentido antes: con el deseo de dedicarme a escribir novelas. Recuerdo que fueron días raros, de contrastes tormentosos y abrumadores, de sacudidas y zarandeos entre ambas sensaciones: el abatimiento y desconsuelo de haber empleado todo mi ahínco en prepararme para un trabajo que, no solo no me sería posible desempeñar o sobrellevar de manera liviana, tal y como al fin y al cabo casi todo el mundo se ve obligado a hacer, sino que tenía todas los visos de resultarme un martirio tenaz, entrechocaba una y otra vez con el júbilo vibrante de haber encontrado algo que, como a Luis Landero la poesía en El balcón en invierno, “me asignó un lugar en el mundo”.

     Ocho años antes yo había ido a Córdoba[1] para estudiar Filología, aunque albergando imprecisamente la intención secreta de prepararme para escribir. En mis lecturas aún demasiado exiguas de los 18 o 19 años, yo identificaba novela y gran ciudad, y para mí narrar solo era Fortunata y Jacinta, o La Regenta, Guerra y paz, Anna Karenina… Un novelista solo podía ser extenso y urbano, burgués y pulcro notario de infortunios y estruendosas decadencias de grandes familias. Me acuerdo de pasear por Córdoba buscando un tema para mi primera novela, de volver de la facultad hasta mi piso dando amplios y morosos rodeos para adentrarme en la ciudad, de subirme sin un destino prefijado en autobuses urbanos -cuyos recorridos aprendí de memoria- solo para errar por avenidas y barrios donde podía estar oculta esa chispa necesaria de la inspiración, o de las caminatas con mi compañero de piso, Patxi, cuando hacíamos un descanso de estudiar en la sala de Cajasur de la avenida Medina Azahara y andábamos aventurando lúgubres pronósticos sobre nuestro futuro laboral en aquellos años de resaca del 92. Si volvía temprano de clase alguna mañana, me disolvía entre el ajetreo menestral de mi barrio, Ciudad Jardín, porque allí había de estar el asunto, como Baudelaire y Balzac encontraron los suyos entre las multitudes de París, Dickens o Virginia Woolf en las de Londres, Galdós en Madrid… Y es que a los 20 años uno pasaba por alto –o no conocía aún- otros universos literarios tan o más ricos surgidos de localidades o villorrios insignificantes –tantas veces inventados-, y que, en muchos casos, precisamente esa transmutación literaria puso en el mapa: el Balbec o el mítico Combray de la infancia del narrador de En busca del tiempo perdido, el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez… Conforme pasaban los años y atesoraba lecturas, cada vez resultaba más evidente que lo que contaba no era la escala o prestigio del lugar de la trama, sino la intensidad y hondura con que se reflexionaba sobre este, el talento para levantarlo en el papel. Ahora parecía caer uno en la cuenta: había relatos universales que sucedían en aldeas o hasta en el campo, y novelas de plúmbeo localismo ambientadas en grandes urbes.

     Leer El jinete polaco en aquella navidad agridulce del año 2000 fue la lección definitiva que tuve que aprender para decidirme a escribir una novela: allí se me mostraba cómo la materia o el propio lugar del relato no tenían que ser necesariamente exóticos ni acreditados: tu propio mundo, tu pequeño pueblo, tu familia y desde luego tus propias vivencias –por humildes o triviales que te parecieran- eran materiales tan nobles como los que más. Uno no ignoraba ya a esas alturas las nociones teóricas al respecto, ni tal vez ese certero adagio de Tolstoi, “pinta tu villa y pintarás el mundo”, pero hay ocasiones en que aún hace falta algo para atar cabos de forma decisiva. Por otra parte, que uno pudiera valerse de todo aquel acervo íntimo y personal –y esta era la segunda parte de la lección- no implicaba exactamente que tuviese que contar mi vida: como ha recomendado Javier Marías con bella expresión, la realidad elegida para la narración, previamente ha de “pernoctar en la imaginación”. Y así fue como una vaga historia que relataba mi padre sobre la remota fundación de un laboratorio farmacéutico en mi pueblo, fermentada con la lectura compulsiva de Conrad y Faulkner, me parecieron la perfecta primera arcilla para mi novela…

“En mis lecturas aún demasiado exiguas de los 18 o 19 años, yo identificaba novela y gran ciudad, y para mí narrar solo era Fortunata y Jacinta, o La Regenta, Guerra y paz, Anna Karenina… Un novelista solo podía ser extenso y urbano, burgués y pulcro notario de infortunios y estruendosas decadencias de grandes familias”.

     En cualquier caso, eso es lo que vi yo en El jinete polaco entonces, lo que quise ver, claro. Al releer con posterioridad la novela, he ido, además, comprobando que reúne asombrosamente logros extraordinarios en dos ámbitos siempre difíciles de conjugar. En primer lugar, se trata de una crónica muy circunstanciada de su época, y su extraordinario valor histórico es el de haber levantado acta soberbiamente de toda la España rural que se evaporaba ante las acometidas de la modernización tardía y remolona del país con el ocaso de la dictadura, ante la irrupción de la música y las películas extranjeras, los libros prohibidos, las esperanzas de democracia y libertad… Con sus largas descripciones, no solo hermosamente líricas sino, sobre todo, de una precisión absoluta, resucitaban objetos, usos, personas u oficios que en los años noventa ya periclitaban, y lo hacían evocados con una voz trémula que sorteaba en todo momento cualquier tentación de nostalgia por tan dura forma de vida y que, en cambio, susurraba con emoción y dolor los últimos recuerdos de un mundo ajusticiado sin remisión por la modernidad.

     Pero más importancia aún, claro, reviste su dimensión universal: la novela constituye el relato de la conformación paulatina de la identidad, desde la indagación en la percepción atemporal y entrecortada del niño, pasando por las turbulencias decisivas de la adolescencia, sin duda el periodo más extraño de la existencia de cualquier persona, con la ansiedad de ese muchacho que se asfixia en su pueblo y quiere huir sin importarle mucho adónde, hasta llegar al hombre que con la madurez se va ajustando al mundo, gracias en parte a un amor de madurez, a esa pasión sabia de la mediana edad, momento en que se suele adquirir la clarividencia agradecida de los cuarenta y se empieza a entender algo, no ya del amor o la literatura, sino de la vida en general.

     Tres años más tarde de la mentada navidad, tuve el honor de conocer al autor personalmente, en una entrevista que me concedió con extraordinaria amabilidad en su casa, con motivo de una tesis que proyectaba yo por entonces pero que las mezquindades y trapacerías de la universidad fueron haciendo inviable. Y me acuerdo ahora de estar sentado más tarde en el AVE de vuelta a casa mirando el cielo plomizo de aquella mañana de noviembre, sin embargo mágica para mí, y de tomar de nuevo El jinete polaco entre mis manos, firmado ya por el autor, abrirlo por el principio, entre el fulgor níveo de las páginas de la estupenda edición de Seix-Barral con la foto de la plaza de San Lorenzo en la portada, y empezar de nuevo a rezar a solas aquella primera oración desaforada que abría el libro, que llegué a aprender de memoria, y que contenía todo cuanto se iba a decir después: “Sin que se dieran cuenta,…”

Jesús Manuel Arroyo Tomé

[1]“Yo había ido a Córdoba porque tenía que escribir un libro sobre ella”, anunciaba el narrador en el prólogo de Córdoba de los omeyas, de Antonio Muñoz Molina.

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5 comentarios en “25 años de El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina

  1. Estimado Jesús.
    Por un lado me has recordado los paseos cordobeses de mi época universitaria, motivados por la necesidad de matar el tiempo más que por la del descanso merecido. Y por otra parte, me has despertado una curiosidad que ha provocado que encargue en la librería por cuya puerta paso casi a diario (reconozco con mala conciencia de mí mismo que entro menos de lo debido) un ejemplar de El jinete polaco.
    Una suerte leerte.

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  2. Maravilloso comentario Jesús, de verdad. Es increíble como un libro puede marcarnos la vida de una forma u otra. Esa misma percepción la tuve yo hace muchos años con La casa de los espíritus de Allende y comencé a escribir… hasta creo haberlo registrado, y hoy casi no me atrevo a leerlo para no ver las carencias de entonces y contra las que aún lucho ahora. Muños Molina es de mis autores favoritos, La noche de los tiempos y ésta son mis favoritas, me parecen magistrales y hay un dato, que curiosamente no has nombrado que se percibe en ambas novelas: el tiempo. La forma en que Muñoz Molina va del presente al pasado y de éste al futuro haciendo que un libro sea tridimensional es fascinante, esa forma de manejar los tiempos solo puede ser de una mano maestra y de un don especial para la literatura. Gracias por esta preciosa reseña.

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