Días de lluvia

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     Ha amanecido lloviendo casi toda la semana, y he pasado las mañanas leyendo y vigilando, de reojo pero con atención, los avatares del cielo, a ratos movedizo e inquieto por un viento que apresura las nubes, a veces estancado hasta cristalizar en una inmensa bóveda sin marcas, inconsútil y estática. En esos momentos embruma la mañana el paisaje y deroga las colinas de mi ventana, así como los almendros que trepan por ellas, y que ya dan desde hace tiempo su falsa alarma malva de primavera. Atosiga en ese momento un poco el mundo angosto que deja la neblina, reduce la realidad: no es bueno pensar en esos días, no se ve esperanza, no se ven salidas, sólo se puede meditar en corto y atender lo inmediato y urgente. No obstante, sé que cuando escampe, el cielo claro devolverá un paisaje mucho más limpio y fidedigno.

     A lo lejos, alcanzo a distinguir cómo la alta chimenea de la orujera añade nubes al cielo: a Guadaluz los nubarrones de lluvia suelen llegar desde el oeste y, obesos y torpones, se atoran sin remedio en sus sierras, donde acaban desfondándose y vertiendo chaparrones descomunales que a veces bajan hasta el pueblo, diferidos e incomprensibles, en arroyos tan furiosos como inconexos con las cuatro gotas que caen abajo.

     Tenía razón Borges en esos versos suyos tan celebrados: “La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”. Cualquier hecho vivido en un día de lluvia es más intenso; o, al menos, lo es su recuerdo: ya no dejará de suceder. Hiere más un desamor bajo la lluvia agria, corta más ruin una derrota, es más húmeda y viscosa la decepción, pero en la misma medida en que también será indeleble el beso al fin conquistado, entre el pelo empapado, bajo el paraguas de una tarde lluviosa.

     En el crepúsculo pasado por agua de un diciembre no tan lejano, un traumatólogo me confirmó que tenía el hueso calcáneo del pie roto en cuatro pedazos y que podía quedarme cojo para toda la vida, y el recuerdo ahora de las calles mojadas y tristonas al salir de la consulta hace más luctuosa aún su rememoración…

     Ojo, pues, a lo que nos suceda en estos días…

 

La lluvia

 

Bruscamente la tarde se ha aclarado

Porque ya cae la lluvia minuciosa.

Cae o cayó. La lluvia es una cosa

Que sin duda sucede en el pasado.

 

Quien la oye caer ha recobrado

El tiempo en que la suerte venturosa

Le reveló una flor llamada rosa

Y el curioso color del colorado.

 

Esta lluvia que ciega los cristales

Alegrará en perdidos arrabales

Las negras uvas de una parra en cierto

 

Patio que ya no existe. La mojada

Tarde me trae la voz, la voz deseada,

De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

(JORGE LUIS BORGES, El hacedor)

 

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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2 comentarios en “Días de lluvia

  1. Estimado Sr. Arroyo.
    Con la ignorancia de quien no es experto en materias lingüísticas, observo en su relato no sólo la melancolía del escritor y novelista, sino una fantástica mirada poética del paisaje de estos días.
    Permítame que añada el calor de la estufita y el humo de un café junto a la ventana. Así la lluvia será más llevadera…

    Le gusta a 1 persona

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