El fin de la clase media, Esteban Hernández

 

EL FIN DE LA CLASE MEDIA

 

 

EL FIN DE LA CLASE MEDIA, Esteban Hernández

Año de publicación: 2014

Nº de páginas: 396 págs.

Editorial: CLAVE INTELECTUAL

     Mucho se ha hablado y discutido sobre la clase media, pero al profano en sociología le resulta discutible, o al menos a mí así me lo parece, que los valores y visión del mundo aquí tratados sean distintivos de ese estrato social: lo digo porque en mi casa también se compartieron siempre, y yo no provengo de la clase media, sino de la obrera o trabajadora (mi padre era tornero mecánico y mi madre le ayudaba en el taller). Ahora que he tenido la fortuna de haber pasado de una a otra, estoy bastante seguro de que ambas no son ni mucho menos lo mismo: y es que, en la medida en que como profesor funcionario se me puede adscribir a esas capas medias (aunque sea pese a mi desgana y sin que yo comparta la mayoría de sus valores y aspiraciones: soy un desclasado), puedo dar fe de que, aun sin abundancias de ningún tipo, mi hija, mi pareja y yo podemos vivir con mucha mayor holgura económica (al menos hasta hoy…) de la que, desgraciadamente, disfrutaron mis padres. De hecho, la existencia de esa diferencia es ahora una convicción que empecé a intuir cuando fui al instituto a estudiar bachillerato: allí muy pronto se me hizo saber que yo provenía de otro estrato. En Guadaluz, aquellos a lo que llamábamos, con ya casi curioso arcaísmo, pijos, y que en este pueblo modesto no eran más que los hijos de la clase media residente en el centro o al menos entre los límites del casco urbano tradicional, tenían por padres médicos, abogados, empleados de banca o maestros de escuela: en un lugar sin demasiados potentados, la clase media constituía, en realidad, la élite, y ser un simple funcionario del hospital ya te abría sus puertas doradas, te daba acceso, por ejemplo, a las compañeras de clase más guapas y codiciadas: al menos a que te dirigieran la palabra. Los hijos de clase obrera, en cambio, bajábamos, en su mayoría, de Gargallo, de aquel ensanche del pueblo levantado lejos del centro, hacia el este, en los alrededores de la estación de ferrocarril, primero con casas ralas y desorganizadas y luego mediante cooperativas de viviendas o barriadas de protección oficial, todo más allá del cinturón de las huertas, de tanta fama y necesaria preservación, y que acabaron quedando como una amplia faja de tierra de nadie entre el centro y aquellos nuevos asentamientos, imposibilitando para siempre su ensamblaje. Y así era como, cada mañana, los hoscos habitantes de aquel extrarradio descendíamos por un camino estrecho de tierra llamado Senda del Medio, que atravesaba las huertas con el frescor rumoroso de las acequias de fondo y los hortelanos faenando ya temprano, deslizándonos como germanos sigilosos entre la fronteras siempre permeables del imperio romano, y con la obligación de hacernos perdonar cada día ante nuestros compañeros de la élite aquella procedencia ignominiosa.

     Por ello, a mí me parece que, mucho más ampliamente, lo que desaparece no es tan solo la clase media, sino un mundo entero, casi una civilización, o al menos una cultura transversal a los distintos grupos sociales de aquella época (del mismo modo que se ha ido desvaneciendo la cultura rural con la modernización del país y el éxodo a las ciudades desde los años 60): se derrumban los cimientos de aquel bienestar progresivo levantado durante aquellas décadas, y se colapsan con ello toda una serie de valores propios de aquellas formas de vida y de aquel modo de funcionar el mundo: el culto a lo bien hecho, a lo duradero, a lo estable, el afán de ahorro, el sacrificio en aras de lo que vendrá, la fe en que la formación y el estudio podían mejorar tu vida,…

     En cualquier caso, la tesis central de este ensayo, como ya anuncia el título, es que la llamada clase media se extingue, y que, en su lugar, va surgiendo paulatinamente una vasta faja social, pronto inconmensurable, de individuos perplejos y empobrecidos, aglutinados bajo la elocuente etiqueta de precariado. Y esta hipótesis se vierte en un libro vario, casi misceláneo y, en ese sentido, dotado de una forma que traduce con fidelidad su fondo, esa realidad actual nuestra que quiere desmenuzar, difusa, abigarrada y movediza (posmoderna o hipermoderna, según se quiera): se mezclan en este ensayo una breve historia de la música popular, desde el jazz al rap pasando por el rock and roll –que constituyeron en sus respectivos momentos la contestación tolerada a los valores de la clase media-, junto a una suerte de apretada síntesis de la sociología del último siglo (muy útil para todo aquel que quiera iniciarse en algunas de las nociones y categorías básicas con que esta disciplina interpreta nuestro tiempo), o una serie de testimonios de personas que, en distintos oficios, sufren las sacudidas brutales de las diversas incertidumbres de hoy.

     Para explicarse todo esto, el autor se remonta al principio, a los orígenes del capitalismo moderno, con la figura del viejo Frederick W. Taylor –padre del llamado taylorismo– de pie en su taller, cronómetro en mano, computando infinitesimalmente la tarea de sus empleados, esos obreros tantas veces vistos en fotos en blanco y negro -ahora colgadas en las tiendas de las opulentas franquicias-, con pantalones de peto, gorra de pana, camisa arremangada hasta el codo y rostro sonriente y atezado. Entre Taylor y su homólogo, el taimado y piadoso Henry Ford, sentaron las bases de la nueva forma de trabajar en el mundo, y con ello, no solo lograron aumentar la producción hasta cotas impensables con anterioridad, sino que, matando dos pájaros de un tiro, lograron además despojar al trabajador de toda su fuerza, que no era otra que su conocimiento o destreza, pues ahora su labor se veía descuartizada en pequeñas tareas rudimentarias y mecánicas que hasta el más bobo podía ejecutar. A cambio, eso sí, se le ofreció un salario bastante digno para la época, un empleo para toda la vida y una visión del mundo fiable y sencilla: si te esforzabas y cumplías, tu vida sería segura y sin grandes sobresaltos. El relato de cómo todo eso se fue quebrando es lo que ocupa al autor.

“La tesis central de este ensayo, como ya anuncia el título, es que la llamada clase media se extingue, y que, en su lugar, va surgiendo paulatinamente una vasta faja social, pronto inconmensurable, de individuos perplejos y empobrecidos, aglutinados bajo la elocuente etiqueta de precariado”

     Una vasta panorámica de estos cambios, para empezar, va surgiendo de las entrevistas y observaciones que Esteban Hernández ha ido haciendo al componer su libro: abogados que sobreviven solo gracias al turno de oficio, músicos triunfadores que, de repente, se vieron ninguneados y ahora además de tocar han de servir copas para sobrevivir, señores de la droga convertidos en respetables y admirados hombres de negocios, la madre que no sabe cómo tratar el insomnio de su hija, paralizada ante la panoplia de posibles remedios, artesanos convencidos de que para reflotar su negocio en apuros han de hacer un mejor producto –en lugar de fabricarlo quizás mucho peor, pero, en cambio, más vendible y barato-,… La caída de la figura del intelectual, el cuestionamiento de toda autoridad en general, y médica o científica en particular, pues ya no pueden ser ninguno de ellos heraldos o reveladores de la verdad, sencillamente porque “no hay ya ninguna verdad que revelar”, la falsa sensación de que hoy todo artista lo tiene más fácil para publicar su música o libros gracias a internet, son otras de las cuestionas que van aflorando en el libro, si bien algunas de modo muy tangencial: “El capitalismo actual no se preocupa de la producción, sino de llevar fuera de los límites […] aquellos objetos y servicios que pueden constituirse como impedimento para su flujo. Todos podemos generar los contenidos que queramos, pero si no son funcionales deberán permanecer en los márgenes de la red” (pág. 345).

     Y es que hace tiempo que ese mundo estribado en la secuencia lineal esfuerzo-recompensa se venía agrietando. Yo mismo recuerdo que, cuando empecé la carrera, allá por los comienzos de los 90, la educación universitaria se iba generalizando de manera imparable, y ya no bastaba con una preparación superior para encontrar trabajo: ya en aquellos días quedaba lejana la época en la que resultaba impensable el desempleo para un ingeniero, un médico o un profesor. Sin embargo, aquellas disfunciones menores todavía eran subsanables, aquel mundo aún admitía parches: así, si todos los años salían de la facultad legiones de ingenieros, médicos o filólogos, la masificación podía sortearse con un buen expediente y una sólida formación, de modo que si alcanzabas cierta excelencia en tu oficio, acabarías encontrando trabajo, aprobando unas oposiciones (a la primera, a la segunda, a la tercera…, era cuestión de paciencia) o saliendo adelante con tu propio negocio, un pequeño bufete, un estudio de arquitectura. Pero a medida que se ha obligado al estado a delegar funciones y el acceso a sus empleos, por tanto, se ha ido haciendo poco a poco más restringido, y, a su vez, las grandes empresas han aumentado más aún su tamaño y poder, obstruyendo con su desmesura codiciosa la posibilidad de los pequeños negocios –a pesar de la retórica del emprendimiento-, todo aquello, como mínimo, se ha hecho más difícil.

     Pero, además, añade Esteban Hernández, por el camino fue también cambiando lo que se pedía del trabajador, que ya no es tanto una esmerada preparación como toda una serie de habilidades gaseosas y destrezas bastante esotéricas e inefables, concernientes siempre a la psicología del candidato: “Los expertos de recursos humanos insisten en la personalidad como esencia del éxito: en la medida en que la formación, si se tienen las actitudes correctas, es mero asunto de inversión (como me dice un director de recursos humanos, «si quiero que uno de mis colaboradores sepa de un asunto concreto, le pago un curso; la formación se compra»), el conocimiento toma un lugar secundario respecto de […]«tenerlo o no tenerlo»” (pág. 284-285).

“Y es que hace tiempo que ese mundo estribado en la secuencia lineal esfuerzo-recompensa se venía agrietando. […] Sin embargo, aquellas disfunciones menores todavía eran subsanables, aquel mundo aún admitía parches”

     Porque lo que pasa ahora a primer plano es el talento, pero teniéndose en cuenta que esta palabra ha cambiado bastante de significado, o adquirido al menos un sentido mucho más estrecho: para empezar, es algo que no se sujeta con facilidad a una definición convencional, que tan solo se tiene o no se tiene, como se ha dicho ya, o que solo se ve cuando se está ante él: “Un inversor habrá de extraer de los análisis del producto o de la empresa las lecturas precisas, un mánager habrá de proporcionar a su empresa un salto de visibilidad y rentabilidad, un directivo tendrá que realizar reformas en una compañía de modo que se pueda hacer más con menos y un buen emprendedor habrá de captar el capital y realizar el business plan apropiado para que esa idea se convierta en un negocio verdadero. Todo ellos tomarán un elemento bruto (la idea, la empresa, la apuesta) y lo harán alcanzar, gracias a sus manos expertas, su potencial máximo. A esto y no a otra cosa, es a lo que el capitalismo del siglo XXI llama talento”. Claro que ante estos indicios, la verdad es que tampoco resulta tan aventurado tantear una definición: talento parece ser toda habilidad para hacer que algo dé dinero, o, más concretamente, que dé más dinero, más del que ya daba.

     Amanece, se gesta en lontananza, un futuro difuso y volátil –que muchos viven ya hoy como espinoso presente inmediato- muy fotogénico y apto para ciertos eslóganes políticos, así como para tantas de esas series y películas norteamericanas de individuos entregados en cuerpo y alma a su trabajo, con vidas personales deshilachadas y provisorias pero con el adjetivo “apasionante” o “emocionante” –exciting– todo el rato en la boca, que ven en un despido la oportunidad de un nuevo y mejor punto de partida, en el rechazo en una entrevista de trabajo una motivación decidida para triunfar, o en el hundimiento fulminante de su negocio, la ocasión perfecta para cargar uno de esos coches familiares de hondo maletero, poner la música muy alta y largarse a 10.000 kilómetros hasta una ciudad en la que ni siquiera han estado antes y donde empezar de nuevo: mitologías vistosas y elegantes que, sin embargo, contravienen las esperanzas y ansias de la mayoría de los seres humanos corrientes: “Buena parte de las concepciones que señalan el futuro como irremediablemente positivo resultan traumáticas porque van en sentido contrario al de la preservación de las bases antropológicas que definen al ser humano” (pág 286).

     Finalmente, el libro se cierra con un elegante círculo, acorde con una estructura clásica de jazz, con el retorno del tema enunciado al principio, y culmina así con la reaparición en nuestros días de las viejas ideas de Taylor: vuelve un nuevo y más meticuloso desguace del trabajo, pero ahora ya no solo del manual, como en aquella primitiva era capitalista, sino hasta del intelectual y científico, y que permitirá que un médico, un periodista o un ingeniero vean sus habilidades vertiginosamente abaratadas: así, se pronostica que pronto ya no será imprescindible que nos atienda alguien con conocimientos de medicina cuando enfermemos, pues cualquier gestor a los mandos de unos vigorosos big data nos diagnosticará con una tasa parecida o superior de fiabilidad a la del extinto facultativo.

     Y ante todo esto, uno se pregunta qué clase de formación dar u ofrecer a un hijo hoy, hacia dónde encaminarlo, una vez que no parece bastar ya eso de aprender un oficio, pues estos serán disgregados, desmontados, además de que tampoco le servirá quizás centrarse en uno solo, teniendo como tendrá, a buen seguro, que desempeñar varios. ¿De qué le servirá acumular masters de precios desorbitados –y escasa enjundia-, arduas carreras de antiguo prestigio, idiomas exóticos, si, a fin de cuentas, no ha sido tocado con la gracia divina del talento cool, si su persona no resulta funcional en el engranaje inexorable y ciego del mercado…

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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5 comentarios en “El fin de la clase media, Esteban Hernández

  1. Ahora que uno creía que por fin había dado el salto a la clase media, que se podía permitir comer en la calle ocasionalmente, incluso crustáceos, visitar alguna ciudad extraña e invertir en una formación que no sabemos hacia dónde va, me echan de la clase media. Es verdaderamente abrumador que nuestros hijos vayan a sufrir una madurez más inestable y desorientada que la nuestra. Invertir en la sobreformación de los jóvenes no parece tampoco tranquilizador.
    Excelente reseña, aunque nos arroje un poco más de oscuridad sobre el futuro.

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    • Vaya salto, vaya pirueta que dimos, Santi, para “ascender”, y ahora fíjate lo que se nos viene encima. De todas formas hay que recordar lo que se decía en la entrada anterior: esto son tendencias -aunque algunas ya se están cumpliendo, es cierto- pero siempre cabe la posiblidad de que en cualquier momento suceda algo que haga cambiar el rumbo de las cosas. Creo que lo que la mayoría de padres quisiéramos es que se aclare tanta incertidumbre para saber, al menos, a qué atenernos…
      Un abrazo y gracias.

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  2. Tiempos extraños estos en los que, quienes tenemos la suerte de poder invertir en la formación de nuestros hijos con mejores medios que los que pudieron utilizar nuestros padres, dormimos con la incertidumbre del futuro que se les avecina.

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