John Maynard Keynes, de Robert Skidelsky

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JOHN MAYNARD KEYNES,

Robert Skidelsky.

RBA LIBROS, 2013

1120 págs

Que el autor de la Teoría general orinara en público por la calle con toda desfachatez en alguna ocasión o que se dejara meter mano en el patio de butacas de una ópera -complaciéndose además al notar que andaba cerca cierto personaje de renombre que contaría el asunto y le daría mala fama-, o que se pavoneara en su correspondencia consignando con precisión el número de coitos mantenidos con su amante el pintor Duncan Grant, son lances o detalles que pueden sorprender al aplicado estudiante de economía o al lector más incauto, pero que resultan muy útiles para desmitificar al personaje. No en vano esta desacralización se antoja casi imprescindible para la cabal comprensión de cualquier personaje, por muy eminente o solemne que se lo suela presentar, pues, según ya advertía Thomas Bernhard en Maestros antiguos, “como a la gente le resulta demasiado difícil respetar y estimar, admira: eso le cuesta menos, […] la admiración es propia del tonto”[1].

Con esta biografía del economista John Maynard Keynes, y como no podía esperarse menos en un británico, nos encontramos ante una narración de pulso firme y tono ecuánime, pues su autor, Robert Skidelsky, aunque embelesado por la figura de su biografiado, no pasa por alto las aristas, excentricidades o puntos débiles de este, en la misma medida en que sabe tratar su innegable genialidad de manera convincente. En este sentido, puede afirmarse sin ninguna duda que Keynes fue siempre el mejor entre los mejores, y que ya desde pequeño mostró una precocidad sorprendente, refrendada después en sus primeros años de formación en Eton y en su reinado, absoluto ya, en Cambridge. Sin embargo, el hecho de que obtuviera aquí los máximos galardones tanto en matemáticas como en clásicas, no solo da una idea del talento exuberante y ancho de este hombre, sino que dibuja un destino que nunca fue rectilíneo -como no suele serlo el de casi nadie, por otra parte-, y que, ciertamente, muy bien pudo ser otro, habida cuenta de que su dedicación a la economía no llegó a constituir su principal interés desde el principio. A ello hay que añadir el que su indiscutible genio individual se apoyó con vigor en cruciales colaboraciones colectivas, como las aportaciones de Richard Kahn –por ejemplo, el famoso multiplicador de empleo-, o sus charlas y discusiones con el círculo de economistas de Cambridge que se arremolinaron extasiados ante su brillantez -su exalumno Hubert Henderson, o el talentoso y entrañable Piero Sraffa, siempre angustiado ante la perspectiva de tener que dar una clase al día siguiente. Por fin, y como rasgo inherente a casi toda genialidad, la innovación que supuso su pensamiento no fue enteramente comprendida ni siquiera por él, algo que tal vez tiene que ver con su confianza en la intuición como forma de conocimiento, con esa aparición de una idea que solo es atisbada oscura y vagamente, sin acabar de discernirse con claridad, pero cuya estela se sigue y se sigue, a ciegas, palpando entre dudas y rechazos. Y de ahí también, quizás, que el verdadero y preciso sentido de su pensamiento acabara distando casi tanto del de su oponente Hayek como del de muchos de los que luego se llamaron keynesianos, quienes simplificaron grosera y mortíferamente sus ideas: y así fue, por ejemplo, como buena parte de los que creían aplicar su legado, desdeñando la complejidad de las investigaciones de Keynes, decidieron que para acabar con el desempleo bastaba con crear cómodamente déficit público sin límite.

En cuanto a lo puramente económico, no puedo ser yo quien dé cuenta de sus logros, pues carezco de toda formación al respecto: creo entender que se esforzó por alcanzar un conocimiento más preciso y exhaustivo y científico de la economía, de sus intrincadas leyes, de sus oscuros y a menudo esquivos mecanismos, siempre con el fin de interferir oportunamente, de torcer su camino ciego y a veces letal, hasta lograr un reajuste o equilibrio. Se opuso con tenacidad a la idea de un fatum económico, objetando a los ineluctables ciclos económicos de la escuela austriaca, que equiparaba las crisis económicas a las de salud y prescribía purgas, sangrías sin fin y descanso, como en tantas novelas decimonónicas hacía la medicina de aquel tiempo. Con la obra del británico, especialmente con la Teoría general, alboreaba la certidumbre de que el ser humano podría mitigar la climatología económica adversa, los desmayos de la bonanza, así como acompasar con delicadeza y mimo los momentos de esplendor. En su búsqueda frenética, Keynes subvirtió por completo la perspectiva de siglos, la mirada rutinaria y acatada al hecho económico, y derrumbando con estruendo los muros de la economía clásica, abrió fecundamente el campo de la vieja ciencia e invitó a mirar más allá: acuñó variables de obligada consulta, aisló magnitudes y conceptos, forjó refinados instrumentos de análisis, y señalando con su altivo índice lo grande, el conjunto, acabó descubriendo una nueva rama de la economía que resultó ser casi más frondosa que el resto del propio árbol: la macroeconomía.

Su homosexualidad, sus encendidos romances juveniles, su repentina heterosexualidad, no menos apasionada, o sus contactos con Bloomsbury, añaden complejidad a un personaje inagotable y con una vida copiosa y trepidante. Y es quizás Cambridge el lugar que mejor sintetiza todo lo que fue Keynes, el Cambridge de la camaradería, de la juventud ingenua e ignorante aún del porvenir de dos guerras mundiales que le aguardaba, de la excelencia atildada y soberbia, de la libertad sexual, asombrosa incluso para nuestros días, y cuya reconstrucción en el libro compone un relato apasionante de ese mundo por el que Keynes luchó hasta el final: y es que, recalca mucho Skidelsky -quizás algo sesgadamente-, Keynes nunca luchó por el bienestar de la clase obrera ni por concretos ideales de igualdad, sino más bien por la supervivencia del mundo eminentemente burgués que lo rodeó, por una tajante meritocracia, por lo que él llamaba “la buena vida”, que creo Keynes entendía como el placer de la lectura, del aprendizaje, del trabajo que apasiona y colma la vida, de la amistad y del amor, del arte, de lo bello…

Y esto último es lo que dejará al lector de hoy temeroso y algo desesperanzado: y es que, si los gobiernos europeos de posguerra, al igual que Keynes, movidos también por miedo, por un temor a que los obreros de sus países abrazaran la revolución, acabaron consintiendo en levantar los primeros cimientos del estado de bienestar, ahora, tras la caída del muro de Berlín o, para ser más exacto, tras la del comunismo, y una vez que el capitalismo y el mercado enseñorean el mundo sin oponente, sí, sin miedo, ¿que concesiones podrá esperarse de su poder absoluto?

[1] Cito por la traducción de Miguel Saénz, en Alianza editorial, pág. 82.

 

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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