Finales

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Muy probablemente no haya nadie en toda la comunidad educativa con más ganas que yo de coger las vacaciones. Y, sin embargo, cada final de trimestre o de curso, particularmente en la tarde del último día, acaba abatiéndome con puntualidad una melancolía levantisca y difícil de sofocar. He meditado mucho sobre ella a lo largo de los años, tratando de datarla y de desmenuzar su composición con más rigor, indagándome con ahínco, y he terminado por averiguar que se trata de una tristeza antigua, emanada de las tardes extensas y perdidas de la infancia, de otros finales de curso como alumno, de un tiempo ahora ilocalizable, del desconcierto brutal que suponía la interrupción de la costumbre: hay en ella algo del desarraigo del niño que no domina los entresijos aún insondables del calendario, que todavía no se orienta en días y apenas rudimentariamente entre la sucesión machacona de las estaciones. Pero también desaguan en esta tristeza afluentes caudalosos del adolescente inadaptado y medroso que no se atrevía a encarar los cambios vertiginosos que iba experimentando en esos años, e incluso del joven universitario fieramente disciplinado y coercitivo consigo mismo, que tanto se proscribía placeres y hasta venialidades, de ese muchacho remoto con demasiado miedo a la vida y al futuro, y que en la rutina, al menos, hallaba cierta seguridad.

Creo haber descubierto también algo de temor a lo bueno, y hasta de esa creencia torva de que uno no se merece un momento favorable en su existencia, un afán por aguardar del destino tan solo sacrificios y reveses, proveniente de una concepción de la vida austera y dolorosa que la generación anterior nos legó tras la época aciaga que le tocó en suerte vivir.

Además, hay una renuencia (o incapacidad) a sumarme al alborozo general, a fiestas o botellones de fin de curso, a comidas o cenas de trabajo: pocas veces en mi vida he querido (o sabido) agregarme a exaltaciones populosas y unánimes.

Y hay un desaliento inexplicable, un hondo desánimo, un vacío sordo…

Con la caída de la tarde se me vienen a la boca resabios de una pena vaga que es también un compendio de renuncias y de todos los finales de algo en la vida: el fin de una etapa importante de nuestra biografía, de una vieja amistad, de un amor apasionado, de haber habitado en un lugar, de un viaje de vacaciones… Por eso ahora, mientras contemplo desde mi ventana cómo a lo largo de la calle la luz se va enhebrando farola a farola hasta hilar una claridad tenue que palía el crepúsculo creciente, comprendo definitivamente que hoy, en la tarde silenciosa de este otoño tan considerado, solo el descanso está a mi alcance: el alivio, la dicha plena, llegarán, por fin, mañana al despertar.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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