Tarde de otoño en Granada

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Pensaba abrir este blog con una entrada que explicara qué es Guadaluz a todos aquellos que no han leído mis dos novelas –A quienes la noche no calma y Escultor de tormentas-, pero el pasado sábado 28 de noviembre se presentó la segunda de ellas en Granada, y me apetece antes dar cuenta de ello: aunque no quedará constancia alguna ni en medios de comunicación ni tan siquiera en fotos (parece mentira que en nuestros días a nadie se le ocurriera sacar ni siquiera una foto con el móvil), lo cierto es que tardará mucho tiempo en desaparecer de mi memoria.

Cuando llegué a la librería Picasso, con notorio retraso además, me esperaba con su inagotable paciencia mi amigo Cristóbal Marín Molina, profesor de historia, que ha corrido la voz de la presentación entre amigos y conocidos, y que también me presenta. El auditorio es, desde luego, reducido, pero muy atento, afable y hasta a veces participa en la exposición. La distancia entre ellos y nosotros es mínima y las mesas y sillas están dispuestas en medio de la librería, sin barreras ni apartes, de modo que cuando voy a ocupar mi sitio pido permiso para retirar mi silla a alguien que está curioseando junto a los estantes próximos. Corretean niños pequeños, los hijos de los asistentes y la mía propia, que se aburren entrañablemente y piden clemencia, mientras algún padre o madre se levanta de vez en cuando con discreción y cierto embarazo y los saca un poco fuera.

Presentar el libro enseguida se convierte en una conmemoración de la amistad, a través de la que Cristóbal y yo nos confesamos una admiración y cariño mutuos que quizás no nos hemos sabido decir antes, uno de esos afectos tan masculinos que retrata Luis Landero en ¿Cómo le corto el pelo, caballero?: “Una de esas amistades sentimentales y viriles fundamentadas en la lealtad, en los licores y en los sobreentendidos”.

Por otra parte, hablar de una novela en un lugar tan intensamente literario como Granada es hablar de lo cotidiano, casi de un asunto interno. Tratar de explicar mi novela, de cuándo y cómo surgió, de cómo he padecido (y disfrutado) al construirla, desglosando, con no tanto orgullo como dudas lo que he tratado de hacer, así como anunciar con desenfado que estoy inmerso en otra, se convierte en un acto de impudicia que, cada vez que lo cometo, me sorprende a mí mismo. Intento dar cuenta de los rigores de la creación, y mientras los voy desgranando con pasión, leo caras de sorpresa, incredulidad y hasta de comedida compasión.

Luego la mayoría de los asistentes nos vamos a un bar cercano, y los tragos ásperos del vino van desbaratando poco a poco reticencias y distancias: paulatinamente se me acercan con timidez y se derrumba toda la prudencia de no conocernos. Más íntimamente, me preguntan allí también por la tarea de escribir, por cómo se forja la disciplina para construir una novela de cierta extensión, por cómo se llega a publicar,… Y luego hablamos ya de todo, del futuro imposible de la literatura, de si en unos años quedará alguien que lea (al menos algo de más de 140 caracteres), de la educación de los hijos, que tanto nos absorbe a los padres de hoy, de política… Y entonces me doy cuenta de que también ahora hay un homenaje a la amistad: a la que en este caso mantiene Cristóbal con ellos, algo que me proporciona la dicha de saber que mi amigo disfruta de buenos amigos que lo quieren.

Cuando salimos finalmente a la calle, a media tarde, la ciudad vibra tenuemente con esos oros otoñales tan cantados por Juan Ramón Jiménez, con los fulgores tibios de finales de noviembre y la brisa calma, entre escaparates atestados de grises y negros. En la vega anchurosa de Granada, el frío rojizo del atardecer va fundiendo el sol, que se deshace entre la neblina como la yema de un huevo al primer contacto con el tenedor. Surge entonces un murmullo sordo de invierno que anuncia recogimiento y algo de renuncia.

Me despido de ellos con el remordimiento de no haberles agradecido lo suficiente su interés y su presencia. Supongo que es inevitable, pero no debería nunca un autor acostumbrarse al interés por sus libros, al público mismo, del mismo modo que no debería darse por supuesta a la pareja o a los hijos: y es que cuando las contemplo a las dos esta tarde fuera de la rutina, también mi mirada es nueva e, igualmente, de inmenso agradecimiento por tenerlas.

Jesús Manuel Arroyo Tomé

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