En Septiembre, Berta Isla, de Javier Marías

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          Septiembre es, desde hace unos años, un mero anexo de agosto. No hay ya fronteras reconocibles entre ambos: el verano se ha ido convirtiendo en una mancha de aceite lábil y voraz que se extiende tórrida, viscosa, invisiblemente, por los días de junio y septiembre (ya veremos octubre), de manera similar a esos imperios que se dilataban con empuje mortífero por los mapas de la Antigüedad. En mi memoria, agosto solía aminorar su furor en sus dos últimas semanas, en buena parte gracias a las tormentas veraniegas -casi desaparecidas con los años o ineficaces-, dejando septiembre ya mucho más amansado y fresco. Cuando yo estudiaba el BUP o la carrera, las clases no empezaban hasta la primera semana de octubre (no había tanta urgencia por deshacerse y colocar a los “niños” como ahora), y septiembre, con su clima más hospitalario, se convertía así en una prórroga dulce del verano, una suerte de tiempo de descuento que se vivía con el apremio de la proximidad del yugo del estudio, perfecto en mi caso para leer y apurar las vacaciones antes de comenzar el nuevo curso. En diferentes septiembres, libre del incordio invisible del calor y con todas las facultades en estado óptimo, recuerdo haber leído algunos de los libros que más honda huella me han dejado: La montaña mágica, En busca del tiempo perdido, el teatro de Shakespeare,…

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Plenitud de verano: Montaigne

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          En la edad adulta los veranos tienen un cariz muy distinto a los de la liviana juventud, no digamos a los eternos e intemporales de la infancia: el trabajo termina, pero la vida sigue, y la rutina de faenas hogareñas continúa con su rigor desmoralizante. Con todo, hacia las 13:30 o las 14:00, suelo lograr cada día al fin una tregua y encontrar un momento de calma y quietud para sentarme a leer (“mísero aquel, a mi parecer, que no tenga en su casa un lugar donde pertenecerse, donde hacerse a sí mismo la corte, donde ocultarse”[1], me advierte pertinentemente el autor que voy a comentar): dejo al horno que haga su trabajo, salgo al patio para repantigarme en mi butaca con los pies sobre una silla, mantengo mi amada Radio Clásica de fondo sobre el silencio casi de siesta que comienza a reinar ya en las casas paredañas y agarro el lápiz con el que siempre leo. Aunque hace algo de calor bajo el toldo, no me molesta en absoluto: para eso estamos en verano. A las dos comienza el estupendo programa Clásicos del jazz y del swing, en el que hoy toca, rumoroso y suave, para no interrumpir por completo la lectura, Wynton Kelly: entonces sé que mi atención se la van a disputar todo el tiempo este delicioso pianista y Montaigne, de modo que a ratos subo el volumen atraído por la música, y a continuación lo vuelvo a bajar subyugado por un pasaje del libro. Es, para mí, un momento de plenitud. Sigue leyendo

Nostalgia de las tardes

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          Solo con el cambio horario, otra vez, se admite a trámite la entrada de la nueva estación. Mientras voy al trabajo el primer día de la hora nueva –como dicen, sobre todo, las personas mayores-, compruebo con desaliento que la tarde ha sufrido un envejecimiento súbito, similar al de una persona allanada por una desgracia inesperada y honda. En un cielo de nubes rollizas, el sol practica pequeñas grietas entre las que gotea una luz lechosa que derrama decrepitud sobre los olivares atravesados por la autovía. A las cinco y media de la tarde ajada, la oscuridad empieza a drenar la luz y el color del paisaje, pero el sol, que ya se hunde tras una colina lejana, queda, por un instante, perfectamente paralelo a unos álamos de hojas ya amarillas, encendiéndolas con una vehemencia rectilínea y fogosa. En los días despejados, en cambio, la pureza del frío restituye la nitidez al paisaje, límpido al fin de las calimas anacrónicas de este otoño, y, con el ocaso, queda un azul vertiginoso en los cielos de la tardes claras, destellos efímeros en las señales de tráfico, en los quitamiedos de la carretera, y un cabrilleo como de mar cuando el viento mece los olivares.

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A VUELTAS CON EL ESTADO DEL BIENESTAR

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  • El estado social: antecedentes, origen, desarrollo y declive, Ignacio Sotelo, Editorial TROTTA,  2010.

          Suele suceder con frecuencia que algunas personas, lugares u oficios acaban por decepcionarnos, quizás porque los juzgamos -más bien prejuzgamos- mal desde el comienzo, o porque en su momento llegamos a ellos con expectativas demasiado altas, tal vez porque soslayamos la cara más inaceptable de aquel trabajo, sitio o novia o amigo -precisamente la que más se fue acentuando con el tiempo-, o quizás porque, sesgados y urgentes, quisimos ver en ellos algo diferente de lo que eran en realidad –vimos lo que necesitábamos en ese momento, y a ello nos agarramos-, o acaso porque hubimos de conformarnos con lo que teníamos más a mano, o tal vez, ya en el caso concreto de las personas, porque ha sido una relación larga y todo el mundo, de manera inevitable, cambia –el otro, pero también nosotros, por supuesto-, de modo que en esas ocasiones la divergencia ha ido emanando morosa e invisiblemente entre los días de nuestra relación, sin que haya habido fingimiento ni falsedad, cálculo o premeditación, por ninguna de las dos partes, tan solo un discurrir bifurcado de las cosas, pero también quizás, por supuesto, porque efectivamente hubo una voluntad de engaño por parte del otro desde el principio y acabó ganándonos por la mano al esconder con gran habilidad sus intenciones. Lo cierto es que con los libros puede ocurrir algo de todo ello, y los hay que nos defraudan, bien al releerlos al cabo de los años o al abrirlos por primera vez con una fascinación tan previa como desatinada, pero también los que acaban por darnos mucho más de lo que esperábamos, que es precisamente lo que me ha ocurrido a mí con el libro de Ignacio Sotelo, El Estado Social: antecedentes, origen, desarrollo y declive: y es que esta obra no solo cumple con la crónica que su título promete, sino que, además, reflexiona perturbadoramente sobre los principales desafíos que afrontan hoy las sociedades occidentales y que constituirán las preocupaciones de las próximas décadas.

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VIRGINIA WOOLF EN MAYO

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-Virginia Woolf,  Diario íntimo I (1915-1923), II (1924-1931) y III (1932-1941). Traducción de Justo Navarro (volumen I) y Laura Freixas (volúmenes II y III). Editorial Grijalbo Mondadori.

-Virginia Woolf, Diario de una escritora. Traducción de Andrés Bosch. Editorial Lumen.

 

          Amarillo, rojo, verde claro, morado, verde oscuro, rosa, azul, rojo, amarillo, amarillo, verde, verde, verde… Conducir en esta primavera feraz se vuelve un ejercicio peligroso por la atención que exige el delirio de colores de los campos desatados: hay taludes completamente violetas, gayombas que explotan con su amarillo deslumbrante entre las adelfas rosadas y blancas de la mediana de la autovía, higueras de un verde tan exuberante que negrean suavemente cuando quedan en sombra, o cunetas y rotondas frondosas como selvas, atestadas de corregüelas y bocas de dragón y malvas y jaramagos y centauras y hasta cardos torvos que invaden la vía y se meten por la ventanilla si te acercas demasiado. En cuanto han sido removidas las dos semanas casi invernales y algo anacrónicas de la franja central del mes, la segunda quincena de mayo queda expedita y el mes propende ya irreversiblemente a verano. Riman ahora las tardes con tantas y tantas de otros mayos anteriores, como si los días equivocaran a veces el camino y horadasen una y otra vez el tiempo para volver a aparecer por instantes ya transitados. Con la última semana de mayo retorna el presagio del final de curso, que es un hecho en 2º de bachillerato, y cuando hoy acabo de corregir los últimos exámenes de estos alumnos, aún me quedan quince minutos hasta la siguiente clase: vuelvo entonces a los Diarios de Virginia Woolf.

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Virginia Woolf en abril

 

 

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-Virginia Woolf,  Diario íntimo I (1915-1923), II (1924-1931) y III (1932-1941). Traducción de Justo Navarro (volumen I) y Laura Freixas (volúmenes II y III). Editorial Grijalbo Mondadori.

-Virginia Woolf, Diario de una escritora. Traducción de Andrés Bosch. Editorial Lumen.

         

 

          Abril tiene una estructura perfectamente fractal: hay semanas de bonanza y otras aún agrias, que se subdividen en días ya cálidos y otros todavía fríos, estos a su vez en jornadas anfibias con mañanas de sol y tardes de lluvia, pero también ellas desglosables con frecuencia en mañanas contradictorias, en largas tardes de alternativas… Las promesas de luz y dicha que tan arteramente ofrece, las desbarata enseguida; promete un éxtasis que en seguida frustra. Muestra el final del invierno, vislumbres remotos del verano, de las vacaciones, pero los hurta al instante siguiente. Con sus cielos siempre congestionados de nubes lentas y montañosas, abril es una copa ambigua donde el agua limpia de primavera se enturbia con las heces del invierno. Para el impaciente, abril es provisional, está de paso, más quizás que cualquier otro mes, constituye un tiempo burocrático que separa del verano y el buen tiempo indiscutido. Abril: un espasmo de golondrinas en el cielo sucio de la tarde, ráfagas súbitas de lluvia, y parpadeos de sol y sombra que bruñen y, sucesivamente, destiñen el paisaje. Sigue leyendo

Arte y vida, una vez más

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          El cambio de hora es una premisa ineludible de la primavera. Consumado el nuevo horario, las tardes se vuelven extensas como estepas, se le antojan a uno golosamente eternas y atiborradas de posibilidades, y sus tentaciones y poder de perturbación aumentan sin límite. Desde la ventana de mi cuarto de trabajo puedo ver una escueta loma sobre la que pasaban las antiguas vías del tren, ahora reconvertidas en vía verde populosa de paseantes y ciclistas en las tardes de marzo y más tarde estivales, y cuyas charlas y risas, con la brisa, llegan a mí deshilachadas y rumorosas. Vibra y reverbera la luz en el paisaje, atestado de verdes y amarillos que culminan en la tapia blanca de la antigua estación, donde estalla el sol ya algo bravío de estos días: por encima del muro, las ramas finas y aún peladas de los álamos blancos cabecean como estambres entre el viento suave. Sigue leyendo