DESIGUALDAD: CAPITAL E IDEOLOGÍA, DE THOMAS PIKETTY

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          Del mismo modo que nos enfrascamos en maratones de series televisivas, yo también he corrido en febrero mi pequeña maratón del economista francés Thomas Piketty, y he leído seguidos El capital en el siglo XXI y Capital e ideología. Son en total unas 2000 páginas de historia y economía, atracón semejante a las cinco temporadas de mi admirada The wire. Pido, por tanto, un poco de paciencia al lector por la extensión de la entrada, inevitable para intentar dar una rápida visión de ambos libros.

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INVIERNO MORAL Y POLÍTICO: EL PIN PARENTAL

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              Empezamos bien el invierno…

          Como soy, por constitución, una persona pesimista y tengo ya una edad y me voy conociendo mejor, sé que en mis apreciaciones y juicios debo corregir al alza y suponer que las cosas no están tan mal como, por inclinación natural, suelo tender a pensar. Así, el fenómeno de Vox y la posterior ultraderechización de la derecha en nuestro país me los tomé al principio con calma: lo achaqué a la gravedad del llamado problema catalán y, en cierto grado también, quizás, al auge del feminismo, que tanto está removiendo para bien los cimientos mismos del orden social contemporáneo (no solo en España). Respecto a lo primero, no soy capaz de atisbar una solución, de modo que me he contentado con pensar, como se ha dicho en la prensa, que ya bajaría el suflé. En cuanto al segundo asunto, hasta hace un par de años daba la impresión de que se iba asumiendo, lenta y trabajosa, pero firmemente, buena parte de las reivindicaciones necesarias para ir alcanzando esa igualdad real entre hombres y mujeres que, hoy por hoy, aún no se da. Pero ahora vemos que todo esto había calado mucho menos de lo que se creía, y una repentina y brutal hostilidad nos ha hecho retroceder en el debate hasta estadios tan primitivos y dignos de olvido como la negación de la violencia de género. Y por si todo esto fuera poco, día a día se van añadiendo nuevos síntomas para preocuparse seriamente: se escuchan ya proclamas xenófobas cada día más indisimuladas, e incluso se está desatando de nuevo la homofobia con un desparpajo espeluznante. Y esto ya sí que acaba por desmoralizarme. Porque uno quería pensar ingenuamente que aquel grimoso autobús de “Los niños tiene pene. Las niñas tienen vulva” era cosa de cuatro fanáticos trasnochados, pero ahora resulta que se puede tropezar con el dichoso lema incluso entre personas a las que uno tenía por abiertas y mesuradas. Y todo ello, además, escupido en periódicos y wasap con una rabia y un odio que hielan la sangre.

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MONÓTONO NOVIEMBRE

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          Un susurro, luego una especie de aleteo entre las ramas, como de pájaro nervioso, un roce parecido al de dos cartones, ya el pequeño chasquido, casi imperceptible, y, ahora sí, el descenso, solemne, ostensible, lento: así gotean, una tras otra, las hojas de las moreras del parque donde estoy sentado leyendo y con el oído atento: porque no basta con contemplarlo, al otoño hay que escucharlo también. De vez en cuando, por supuesto, levanto la vista para disfrutar del espectáculo de estas semanas de noviembre en que nos rodea un delirio de herrumbre, un frenesí dorado de ramas que se vierten sobre el silencio mullido de la sobremesa. Es el colapso callado de la naturaleza, su muerte majestuosa: el apogeo del otoño.

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GEOPOLÍTICA DE LA PRIMAVERA

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          Como el rostro de un cadáver al que se le devolviera la vida, el mundo recobra de nuevo el color. Desde hace ya bastantes semanas, la ventana del dormitorio se vuelve incandescente desde muy temprano, enmarcando el dique insuficiente de la persiana. Se levanta uno con la mañana fulgurante, la casa abrumadoramente iluminada y una algarabía desconsiderada de golondrinas en el patio, en cuyas paredes restalla ya el sol con rabia: por mucho que se madrugue en esta época, se encuentra siempre la mañana ya madura, el día le ha tomado la delantera y ya no es posible alcanzarlo en toda la jornada. Además, la primavera atosiga cada minuto con estímulos que fatigan y sobrecargan la percepción. Se dislocan los sentidos. Hay un agotamiento de notar, oler, de oír y mirar: de sentir. Antojadiza y atolondrada, es la adolescencia del año, y acomete cada día con una vehemencia que uno ya no está seguro de poder asumir. La primavera nos está mirando ahora fijamente con sus ojos verdes. ¿Quién puede ya sostener su mirada? Sigue leyendo

NAVIDAD EN PRIMAVERA. NUEVO ASCENSO A LA MONTAÑA MÁGICA

 

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          Durante las pasadas vacaciones, al final de la mañana, ya al mediodía, me he dedicado a pasear por la vía verde aprovechando esta especie de navidad primaveral que hemos tenido. No he visto una sola nube en estas semanas, y además me he encontrado un campo más propio de marzo o abril: con un incongruente bullicio de pájaros de fondo, podían verse algunos tréboles amarillos, algún matorral de romero en flor, jaras blancas, las orillas enmarcando el camino con un verde intenso de abril y punteadas por el amarillo de las caléndulas silvestres, además de una explosión de lirios por taludes y cunetas que no recuerdo ni en la primavera más fecunda. En los descampados cercanos a mi casa asoman ya jaramagos, matas y matas de malvas o la estrella blanca con aristas rojas del gamón. Tiene uno la sensación de ser el primero en vivir este tiempo, de adentrarse en una especie de tiempo virgen, insólito, no experimentado por nadie antes en este lugar. Para escribir esto, en fin, abro la persiana de par en par, dejo la ventana un poco abierta y cojo el portátil para poder desplazarme por la habitación en busca de este sol dulce de invierno.

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RETORNO DEL OTOÑO. UN RECUERDO.

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          Vuelve, al fin, el otoño para cerrar otro año de un portazo. Agrio enterrador de años, va limando los días en silencio, hasta acabar sepultando los ardores, proyectos, afanes y propósitos de enero. Es el otoño quien nos envejece. Nos arrastra vertiginosamente por los rápidos de diciembre hasta despeñarnos por otro año. Y allí nos deja, abandonados, envejecidos y estupefactos, a orillas del invierno.

         El otoño comienza en los brazos, con un estremecimiento invisible al anochecer que deroga de una vez la manga corta. Apaga el calor y va encendiendo el frío. Con cruel ecuanimidad, socava lentamente la luz: roba al día para dárselo a la noche. Comienza pródigo y brillante, pero pronto se vuelve severo, sombrío, árido, hasta dejar un paisaje de escombros en su tramo final, en los atardeceres raudos y a traición de diciembre. Nos embelesa con su poesía dorada, con las crecidas de hojas en las márgenes de aceras y carreteras, con su colorido lento y destilado, con el centelleo, al amanecer, de las lentejuelas del rocío sobre el césped de los parques.

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TIEMPO

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       En la recta final del verano flota vagarosamente ya algo del pesar de las obligaciones laborales. Aunque el calor no ceja, los días de estas semanas, melancólicamente menguantes, tienen ya una longitud más primaveral que de verano, pues empieza a anochecer a una hora propia de comienzos de mayo. Como en el siempre tristón último día de un viaje largo, la realidad se va colando callada pero contundentemente entre los días: y es que las vacaciones tienen algo de ficción, un cierto aire onírico, una textura ambigua de excepción que uno no acaba de acatar por completo, especialmente los que venimos de padres que no gozaron nunca de este privilegio. Como picotazos incisivos, los pensamientos sobre la inminencia de la reincorporación al trabajo van incordiando penetrantemente a cada momento, se inmiscuyen con brutalidad en medio de la lectura sosegada, en una conversación que deriva con acentos lúgubres hacia algo que sucederá dentro de dos semanas, más allá de la pavorosa frontera, cuando la vuelta ya se haya consumado… (Todo esto, eso sí, para los afortunados que gozamos de ambas cosas: trabajo y vacaciones). Nos ha tocado vivir, además, una época cada día más frenética, que adelanta fechas con compulsión y fanatismo, que vende polvorones en octubre y empieza a celebrar la semana santa el día de reyes por la tarde, de modo que no es de extrañar que los medios de comunicación empiecen ya a bombardear con la vuelta al cole, ni que los superpadres de hoy, siempre previsores, anden desde hace días recorriendo las papelerías para hacerse con el material escolar, no se lo vayan a pedir a sus hijos el mismo primer día de colegio y pierdan esa clase, truncándose así de manera irrevocable su futuro.

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