NAVIDAD EN PRIMAVERA. NUEVO ASCENSO A LA MONTAÑA MÁGICA

 

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          Durante las pasadas vacaciones, al final de la mañana, ya al mediodía, me he dedicado a pasear por la vía verde aprovechando esta especie de navidad primaveral que hemos tenido. No he visto una sola nube en estas semanas, y además me he encontrado un campo más propio de marzo o abril: con un incongruente bullicio de pájaros de fondo, podían verse algunos tréboles amarillos, algún matorral de romero en flor, jaras blancas, las orillas enmarcando el camino con un verde intenso de abril y punteadas por el amarillo de las caléndulas silvestres, además de una explosión de lirios por taludes y cunetas que no recuerdo ni en la primavera más fecunda. En los descampados cercanos a mi casa asoman ya jaramagos, matas y matas de malvas o la estrella blanca con aristas rojas del gamón. Tiene uno la sensación de ser el primero en vivir este tiempo, de adentrarse en una especie de tiempo virgen, insólito, no experimentado por nadie antes en este lugar. Para escribir esto, en fin, abro la persiana de par en par, dejo la ventana un poco abierta y cojo el portátil para poder desplazarme por la habitación en busca de este sol dulce de invierno.

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RETORNO DEL OTOÑO. UN RECUERDO.

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          Vuelve, al fin, el otoño para cerrar otro año de un portazo. Agrio enterrador de años, va limando los días en silencio, hasta acabar sepultando los ardores, proyectos, afanes y propósitos de enero. Es el otoño quien nos envejece. Nos arrastra vertiginosamente por los rápidos de diciembre hasta despeñarnos por otro año. Y allí nos deja, abandonados, envejecidos y estupefactos, a orillas del invierno.

         El otoño comienza en los brazos, con un estremecimiento invisible al anochecer que deroga de una vez la manga corta. Apaga el calor y va encendiendo el frío. Con cruel ecuanimidad, socava lentamente la luz: roba al día para dárselo a la noche. Comienza pródigo y brillante, pero pronto se vuelve severo, sombrío, árido, hasta dejar un paisaje de escombros en su tramo final, en los atardeceres raudos y a traición de diciembre. Nos embelesa con su poesía dorada, con las crecidas de hojas en las márgenes de aceras y carreteras, con su colorido lento y destilado, con el centelleo, al amanecer, de las lentejuelas del rocío sobre el césped de los parques.

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TIEMPO

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       En la recta final del verano flota vagarosamente ya algo del pesar de las obligaciones laborales. Aunque el calor no ceja, los días de estas semanas, melancólicamente menguantes, tienen ya una longitud más primaveral que de verano, pues empieza a anochecer a una hora propia de comienzos de mayo. Como en el siempre tristón último día de un viaje largo, la realidad se va colando callada pero contundentemente entre los días: y es que las vacaciones tienen algo de ficción, un cierto aire onírico, una textura ambigua de excepción que uno no acaba de acatar por completo, especialmente los que venimos de padres que no gozaron nunca de este privilegio. Como picotazos incisivos, los pensamientos sobre la inminencia de la reincorporación al trabajo van incordiando penetrantemente a cada momento, se inmiscuyen con brutalidad en medio de la lectura sosegada, en una conversación que deriva con acentos lúgubres hacia algo que sucederá dentro de dos semanas, más allá de la pavorosa frontera, cuando la vuelta ya se haya consumado… (Todo esto, eso sí, para los afortunados que gozamos de ambas cosas: trabajo y vacaciones). Nos ha tocado vivir, además, una época cada día más frenética, que adelanta fechas con compulsión y fanatismo, que vende polvorones en octubre y empieza a celebrar la semana santa el día de reyes por la tarde, de modo que no es de extrañar que los medios de comunicación empiecen ya a bombardear con la vuelta al cole, ni que los superpadres de hoy, siempre previsores, anden desde hace días recorriendo las papelerías para hacerse con el material escolar, no se lo vayan a pedir a sus hijos el mismo primer día de colegio y pierdan esa clase, truncándose así de manera irrevocable su futuro.

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HACIA EL CÉNIT DE LA PRIMAVERA. HENRY DAVID THOREAU

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-El Diario (1837-1861), Henry David Thoreau, Volúmenes I y II, Traducción de Ernesto Estrella. Editorial Capitán Swing. 2013 y 2017. 362 y 388 páginas.

 

 

          Hay en estos días de abril una alquimia ruidosa que transformará el frío en calor, la lluvia en polvo seco, los cielos nublados y espesos en claros, despejados y azules: el invierno en verano. Esa controversia territorial entre frío y calor a cuenta de abril y mayo es lo que solemos llamar primavera. Este año, además, no hay un traspaso de poderes amistoso, y a cada momento nos llegan noticias de esa especie de guerra civil entre los elementos, de la rebelión eterna de lo nuevo contra lo viejo, del choque brutal que se dirime en los cielos entre truenos, relámpagos y chapetones torrenciales de gotas gigantescas, que se despeñan sobre los charcos con el ímpetu de misiles sobre el mar… Es el tiempo mismo el que crepita para reajustarse. Por eso en estos días híbridos –entretiempo, se dice con soberbia precisión en el lenguaje coloquial- hay lluvias mixtas de agua y barro, cielos terrosos y suelos enfangados por tormentas, lluvia con sol y una luz sucia de nublados que al atardecer se torna casi sobrenatural, del color de los huesos decrépitos o la mortaja. Abril recuerda a esos viejos señores feudales que no conseguían imponerse en todas sus provincias, siempre tratando de sofocar una rebelión cuando estallaba otra en los confines opuestos de sus dominios: es así como una mañana amanece perfecta pero se desmorona al mediodía, o bien, por el contrario, termina siendo la tarde casi estival la que enmienda una mañana de nublados y lluvias puntuales. Sus logros se desbaratan a cada momento, no consigue consolidar sus avances, y a días ya primaverales le suceden desmoralizadoras recaídas invernales. Abril es el disolvente del invierno pero, como los grandes reyes trágicos, morirá sin ver su reino afianzado: aunque a él le toca el grueso del trabajo sucio, solo será su sucesor, mayo, quien termine culminando mucho más pacíficamente la labor y nos conduzca, con mimo, hacia el cénit de la primavera.

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ESPÍAS ENTRE LA LLUVIA: REGRESO A LE CARRÉ

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-John Le Carré, El legado de los espías. Traducción de Claudia Conde. Planeta. 2018. 368 páginas.

-John Le Carré, Volar en círculos. Booket. Traducción de Claudia Conde. 2018. 464 páginas.

-John Le Carré, Tinker, tailor, soldier, spy, The honourable schoolboy, Smiley`s people. Peearage books. 1990. 781 páginas.

 

          Torrencial, lenta, en granizos, silenciosa, sesgada por el viento o rectilínea, con grandes trazos o desmigajándose a medida que cae, la lluvia no deja de estar presente en todo el día: se da uno la vuelta en la cama de madrugada y entre sueños la oye caer fuera con violencia; estoy viendo la tele y de repente aprieta a llover y se superpone al volumen de la película o bien su rumor me hace creer que me he dejado algo hirviendo en la cocina; roza restregándose retozona en la ventana o por momentos parece que ha escampado pero sin que deje de oírse el continuo regurgitar de los canalones, que expectoran sin calma ni descanso. Estas semanas grises de intensas lluvias van a ser el túnel final del invierno por el que saldremos luminosamente a la primavera. Durante una pequeña tregua del sábado pasado por la mañana me arriesgo a dar con Adriana un corto paseo por la vía verde, receloso y armado de paraguas: el campo insulso de enero y febrero, dotado del único aliciente de las explosiones níveas o rosáceas de los almendros, comienza a ganar interés con los primeros indicios de la primavera. En un vistazo rápido, veo que ya aparecen lirios, los populosos jaramagos, malvas, botones de oro… El miércoles por la mañana hay otro armisticio, y tras dejar a Adriana en el colegio, de camino a casa paso de nuevo fugazmente por la vía verde para una breve inspección: en cuatro días de agua el campo parece haber avanzado cuatro semanas, de manera que empieza ahora ya a puntearse copiosamente con todo tipo de flores incipientes que van asomando.

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De nuevo Granada

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          La nieve es un síntoma inequívoco de Granada. Ya desde la carretera que rodea Alcalá la Real, a la altura del castillo, si el día es claro y el cielo nítido, falseada a medias por la lejanía y la luz, hasta el punto de que parece flotar en el aire, sin rastro de las montañas que cubre, como urdida por los vientos, se empieza a distinguir poco a poco la blancura de la nieve de Sierra Nevada, remota y preliminar, adquiriendo además, entre la sequía atroz de nuestros días, una evanescencia irreal de sueño olvidado. Sigue leyendo

En Septiembre, Berta Isla, de Javier Marías

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          Septiembre es, desde hace unos años, un mero anexo de agosto. No hay ya fronteras reconocibles entre ambos: el verano se ha ido convirtiendo en una mancha de aceite lábil y voraz que se extiende tórrida, viscosa, invisiblemente, por los días de junio y septiembre (ya veremos octubre), de manera similar a esos imperios que se dilataban con empuje mortífero por los mapas de la Antigüedad. En mi memoria, agosto solía aminorar su furor en sus dos últimas semanas, en buena parte gracias a las tormentas veraniegas -casi desaparecidas con los años o ineficaces-, dejando septiembre ya mucho más amansado y fresco. Cuando yo estudiaba el BUP o la carrera, las clases no empezaban hasta la primera semana de octubre (no había tanta urgencia por deshacerse y colocar a los “niños” como ahora), y septiembre, con su clima más hospitalario, se convertía así en una prórroga dulce del verano, una suerte de tiempo de descuento que se vivía con el apremio de la proximidad del yugo del estudio, perfecto en mi caso para leer y apurar las vacaciones antes de comenzar el nuevo curso. En diferentes septiembres, libre del incordio invisible del calor y con todas las facultades en estado óptimo, recuerdo haber leído algunos de los libros que más honda huella me han dejado: La montaña mágica, En busca del tiempo perdido, el teatro de Shakespeare,…

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