HACIA EL CÉNIT DE LA PRIMAVERA. HENRY DAVID THOREAU

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-El Diario (1837-1861), Henry David Thoreau, Volúmenes I y II, Traducción de Ernesto Estrella. Editorial Capitán Swing. 2013 y 2017. 362 y 388 páginas.

 

 

          Hay en estos días de abril una alquimia ruidosa que transformará el frío en calor, la lluvia en polvo seco, los cielos nublados y espesos en claros, despejados y azules: el invierno en verano. Esa controversia territorial entre frío y calor a cuenta de abril y mayo, es a lo que solemos llamar primavera. Este año, además, no hay un traspaso de poderes amistoso, y a cada momento nos llegan noticias de esa especie de guerra civil entre los elementos, de la rebelión eterna de lo nuevo contra lo viejo, del choque brutal que se dirime en los cielos entre truenos, relámpagos y chapetones torrenciales de gotas gigantescas, que se despeñan sobre los charcos con el ímpetu de misiles sobre el mar… Es el tiempo mismo el que crepita para reajustarse. Por eso en estos días híbridos –entretiempo, se dice con soberbia precisión en el lenguaje coloquial- hay lluvias mixtas de agua y barro, cielos terrosos y suelos enfangados por tormentas, lluvia con sol y una luz sucia de nublados que al atardecer se torna casi sobrenatural, del color de los huesos decrépitos o la mortaja. Abril recuerda a esos viejos señores feudales que no conseguían imponerse en todas sus provincias, siempre tratando de sofocar una rebelión cuando estallaba otra en los confines opuestos de sus dominios: es así como una mañana amanece perfecta pero se desmorona al mediodía, o bien, por el contrario, termina siendo la tarde casi estival la que enmienda una mañana de nublados y lluvias puntuales. Sus logros se desbaratan a cada momento, no consigue consolidar sus avances, y a días ya primaverales le suceden desmoralizadoras recaídas invernales. Abril es el disolvente del invierno pero, como los grandes reyes trágicos, morirá sin ver su reino afianzado: aunque a él le toca el grueso del trabajo sucio, solo será su sucesor, mayo, quien termine culminando mucho más pacíficamente la labor y nos conduzca, con mimo, hacia el cénit de la primavera.

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ESPÍAS ENTRE LA LLUVIA: REGRESO A LE CARRÉ

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-John Le Carré, El legado de los espías. Traducción de Claudia Conde. Planeta. 2018. 368 páginas.

-John Le Carré, Volar en círculos. Booket. Traducción de Claudia Conde. 2018. 464 páginas.

-John Le Carré, Tinker, tailor, soldier, spy, The honourable schoolboy, Smiley`s people. Peearage books. 1990. 781 páginas.

 

          Torrencial, lenta, en granizos, silenciosa, sesgada por el viento o rectilínea, con grandes trazos o desmigajándose a medida que cae, la lluvia no deja de estar presente en todo el día: se da uno la vuelta en la cama de madrugada y entre sueños la oye caer fuera con violencia; estoy viendo la tele y de repente aprieta a llover y se superpone al volumen de la película o bien su rumor me hace creer que me he dejado algo hirviendo en la cocina; roza restregándose retozona en la ventana o por momentos parece que ha escampado pero sin que deje de oírse el continuo regurgitar de los canalones, que expectoran sin calma ni descanso. Estas semanas grises de intensas lluvias van a ser el túnel final del invierno por el que saldremos luminosamente a la primavera. Durante una pequeña tregua del sábado pasado por la mañana me arriesgo a dar con Adriana un corto paseo por la vía verde, receloso y armado de paraguas: el campo insulso de enero y febrero, dotado del único aliciente de las explosiones níveas o rosáceas de los almendros, comienza a ganar interés con los primeros indicios de la primavera. En un vistazo rápido, veo que ya aparecen lirios, los populosos jaramagos, malvas, botones de oro… El miércoles por la mañana hay otro armisticio, y tras dejar a Adriana en el colegio, de camino a casa paso de nuevo fugazmente por la vía verde para una breve inspección: en cuatro días de agua el campo parece haber avanzado cuatro semanas, de manera que empieza ahora ya a puntearse copiosamente con todo tipo de flores incipientes que van asomando.

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De nuevo Granada

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          La nieve es un síntoma inequívoco de Granada. Ya desde la carretera que rodea Alcalá la Real, a la altura del castillo, si el día es claro y el cielo nítido, falseada a medias por la lejanía y la luz, hasta el punto de que parece flotar en el aire, sin rastro de las montañas que cubre, como urdida por los vientos, se empieza a distinguir poco a poco la blancura de la nieve de Sierra Nevada, remota y preliminar, adquiriendo además, entre la sequía atroz de nuestros días, una evanescencia irreal de sueño olvidado. Sigue leyendo

En Septiembre, Berta Isla, de Javier Marías

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          Septiembre es, desde hace unos años, un mero anexo de agosto. No hay ya fronteras reconocibles entre ambos: el verano se ha ido convirtiendo en una mancha de aceite lábil y voraz que se extiende tórrida, viscosa, invisiblemente, por los días de junio y septiembre (ya veremos octubre), de manera similar a esos imperios que se dilataban con empuje mortífero por los mapas de la Antigüedad. En mi memoria, agosto solía aminorar su furor en sus dos últimas semanas, en buena parte gracias a las tormentas veraniegas -casi desaparecidas con los años o ineficaces-, dejando septiembre ya mucho más amansado y fresco. Cuando yo estudiaba el BUP o la carrera, las clases no empezaban hasta la primera semana de octubre (no había tanta urgencia por deshacerse y colocar a los “niños” como ahora), y septiembre, con su clima más hospitalario, se convertía así en una prórroga dulce del verano, una suerte de tiempo de descuento que se vivía con el apremio de la proximidad del yugo del estudio, perfecto en mi caso para leer y apurar las vacaciones antes de comenzar el nuevo curso. En diferentes septiembres, libre del incordio invisible del calor y con todas las facultades en estado óptimo, recuerdo haber leído algunos de los libros que más honda huella me han dejado: La montaña mágica, En busca del tiempo perdido, el teatro de Shakespeare,…

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Plenitud de verano: Montaigne

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          En la edad adulta los veranos tienen un cariz muy distinto a los de la liviana juventud, no digamos a los eternos e intemporales de la infancia: el trabajo termina, pero la vida sigue, y la rutina de faenas hogareñas continúa con su rigor desmoralizante. Con todo, hacia las 13:30 o las 14:00, suelo lograr cada día al fin una tregua y encontrar un momento de calma y quietud para sentarme a leer (“mísero aquel, a mi parecer, que no tenga en su casa un lugar donde pertenecerse, donde hacerse a sí mismo la corte, donde ocultarse”[1], me advierte pertinentemente el autor que voy a comentar): dejo al horno que haga su trabajo, salgo al patio para repantigarme en mi butaca con los pies sobre una silla, mantengo mi amada Radio Clásica de fondo sobre el silencio casi de siesta que comienza a reinar ya en las casas paredañas y agarro el lápiz con el que siempre leo. Aunque hace algo de calor bajo el toldo, no me molesta en absoluto: para eso estamos en verano. A las dos comienza el estupendo programa Clásicos del jazz y del swing, en el que hoy toca, rumoroso y suave, para no interrumpir por completo la lectura, Wynton Kelly: entonces sé que mi atención se la van a disputar todo el tiempo este delicioso pianista y Montaigne, de modo que a ratos subo el volumen atraído por la música, y a continuación lo vuelvo a bajar subyugado por un pasaje del libro. Es, para mí, un momento de plenitud. Sigue leyendo

Nostalgia de las tardes

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          Solo con el cambio horario, otra vez, se admite a trámite la entrada de la nueva estación. Mientras voy al trabajo el primer día de la hora nueva –como dicen, sobre todo, las personas mayores-, compruebo con desaliento que la tarde ha sufrido un envejecimiento súbito, similar al de una persona allanada por una desgracia inesperada y honda. En un cielo de nubes rollizas, el sol practica pequeñas grietas entre las que gotea una luz lechosa que derrama decrepitud sobre los olivares atravesados por la autovía. A las cinco y media de la tarde ajada, la oscuridad empieza a drenar la luz y el color del paisaje, pero el sol, que ya se hunde tras una colina lejana, queda, por un instante, perfectamente paralelo a unos álamos de hojas ya amarillas, encendiéndolas con una vehemencia rectilínea y fogosa. En los días despejados, en cambio, la pureza del frío restituye la nitidez al paisaje, límpido al fin de las calimas anacrónicas de este otoño, y, con el ocaso, queda un azul vertiginoso en los cielos de la tardes claras, destellos efímeros en las señales de tráfico, en los quitamiedos de la carretera, y un cabrilleo como de mar cuando el viento mece los olivares.

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A VUELTAS CON EL ESTADO DEL BIENESTAR

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  • El estado social: antecedentes, origen, desarrollo y declive, Ignacio Sotelo, Editorial TROTTA,  2010.

          Suele suceder con frecuencia que algunas personas, lugares u oficios acaban por decepcionarnos, quizás porque los juzgamos -más bien prejuzgamos- mal desde el comienzo, o porque en su momento llegamos a ellos con expectativas demasiado altas, tal vez porque soslayamos la cara más inaceptable de aquel trabajo, sitio o novia o amigo -precisamente la que más se fue acentuando con el tiempo-, o quizás porque, sesgados y urgentes, quisimos ver en ellos algo diferente de lo que eran en realidad –vimos lo que necesitábamos en ese momento, y a ello nos agarramos-, o acaso porque hubimos de conformarnos con lo que teníamos más a mano, o tal vez, ya en el caso concreto de las personas, porque ha sido una relación larga y todo el mundo, de manera inevitable, cambia –el otro, pero también nosotros, por supuesto-, de modo que en esas ocasiones la divergencia ha ido emanando morosa e invisiblemente entre los días de nuestra relación, sin que haya habido fingimiento ni falsedad, cálculo o premeditación, por ninguna de las dos partes, tan solo un discurrir bifurcado de las cosas, pero también quizás, por supuesto, porque efectivamente hubo una voluntad de engaño por parte del otro desde el principio y acabó ganándonos por la mano al esconder con gran habilidad sus intenciones. Lo cierto es que con los libros puede ocurrir algo de todo ello, y los hay que nos defraudan, bien al releerlos al cabo de los años o al abrirlos por primera vez con una fascinación tan previa como desatinada, pero también los que acaban por darnos mucho más de lo que esperábamos, que es precisamente lo que me ha ocurrido a mí con el libro de Ignacio Sotelo, El Estado Social: antecedentes, origen, desarrollo y declive: y es que esta obra no solo cumple con la crónica que su título promete, sino que, además, reflexiona perturbadoramente sobre los principales desafíos que afrontan hoy las sociedades occidentales y que constituirán las preocupaciones de las próximas décadas.

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